Después de las fantásticas críticas que recibí con "Carta a un marciano", me animé a escribir este blog, y compartir, con quien quiera seguirlo, esta nueva historia: "Tú y yo no siempre es nosotros".
Espero que os guste.

domingo, 15 de septiembre de 2013

capítulo seis

Había escuchado la historia sobre nuestro apellido muchas veces. Mi padre la contaba cada vez que tenía oportunidad, y yo la había escuchado todas esas veces. Hablaba de familias aristocráticas de Galicia, del norte de Portugal tal vez, familias con numerosas tierras y bienes de gran valor. Y aunque no era una historia de príncipes y princesas mi padre la contaba orgulloso de su procedencia, con un toque de humildad al finalizar, la contaba con gracia, casi sin parar a respirar, se inventaba detalles según quien estuviera escuchando. Nunca aprecié esa historia, pero si la manera en la que mi padre la contaba. Por eso me la sabía de memoria.

Al ver ese escudo en la tienda, sentí nostalgia. No puede evitar mirarlo, pararme y recordar aquella historia, recordar a mi padre sentado en el sillón señalando el escudo:

-          Y ese es el escudo de nuestra familia, Gadea – y yo asentía, preparada para escuchar por enésima vez la historia.

Idalia, así se llamaba la dueña de la tienda, se había dado cuenta de mi interés por aquel trozo de tela bordado, y sin reparos me había preguntado si conocía su historia. Se la conté, saboreando cada palabra, sintiéndome orgullosa de mi padre. Mi conocimiento le había sorprendido. Me contó que cada objeto de la tienda tenía una ficha en la que constaba la procedencia de dicho objeto así como su historia, si tenía. Y en la ficha del escudo aparecía la procedencia pero no la historia.

Después de eso sólo tuve que ofrecerme a rellenarle la ficha, con la mejor de mis sonrisas, y el trabajo era mío.

Se lo conté emocionada a Eryx, que me escuchó atento, sonriendo como siempre, divirtiéndose con mi nerviosismo propio del entusiasmo.

El primer día de trabajo fue aburrido, me llevé “mano sobre mano”, prácticamente, todo el día.
Idalia llegó para relevarme en la tienda. Mi primer día de trabajo en Grecia había concluido. Me sentía feliz a pesar de la poca actividad de la tienda, me sentía feliz porque me sentía útil, porque me sentía independiente, quizás por primera vez.

-          ¡Hasta mañana, Idalia!
-          ¡Hasta mañana!

Entonces, me crucé con los ojos más verdes, con la mirada más intenta que había visto jamás. Él entraba en la tienda, con gesto sereno, perfectamente peinado. Era moreno, muy moreno, alto, de rasgos marcados, era fuerte y guapo. Irresistiblemente guapo. Y, él lo sabía.

Me puse recta, por inercia, y fingí indiferencia para abandonar la tienda. Al doblar la esquina no pude evitar mirar a través  del cristal del escaparate. No parecía querer comprar nada, hablaba con Idalia con confianza.
Eché de menos a mi madre para comentar el físico de aquel joven.

De vuelta a casa en el autobús, me quedé dormida. Estaba cansada física y psicológicamente, hacía mucho tiempo que no me despertaba temprano, obligada por una sintonía absurda y cansina.

Al llegar a casa, volví a quedarme dormida en el sofá después de comer. Caí en un sueño profundo, que fue interrumpido, otra vez, por una sintonía absurda y cansina. Esta vez era una llamada.
Eryx. Sonrisa. Contestar.

-          ¡Gadea!
-          Hola, Eryx. ¿Qué pasa?
-          Tienes una fiesta hoy – hablaba perfectamente el español, pero se notaba en sus expresiones que no era su idioma, lo que me provocaba la risa.
-          ¿Cómo? – seguía con la risa floja - ¿Qué yo tengo qué?
-          Una fiesta, en mi casa. Es a las nueve. Habrá mucha gente – no había entendido de que me reía.

Estuve a punto de negarme a asistir, pero ¿Qué había de malo en conocer gente nueva?, sobre todo si pensaba instalarme allí de manera indefinida. Me habían entrado hasta ganas de arreglarme, de bailar, de charlar, de beber, de reírme.

-          ¡ah!, perfecto. Genial, allí estaré. ¿hace falta que lleve algo? – el que se reía ahora era él
-          No, Gadea, no tienes que traer nada- y era yo la que no entendía su risa.

Me embutí en unos pantalones negros, que conjunté con una camisa beige, vaporosa, algo transparente. Apliqué todas las técnicas para maquillarme que aprendí en un curso, al que había asistido unos años antes.
Y por último me subí a unos tacones negros.

Al llegar a la fiesta, entendí porque se reía Eryx. Su casa bien podía ser un palacio, era enorme, con una fachada perfectamente blanca, adornada con una cúpula amarilla. El jardín estaba atestado de gente elegante, charlaban unos con otros, bebían de las copas que los, también, elegantes camareros ofrecían a los invitados en bandejas, se servían comida de las largas mesas repartidas por todo el jardín…

Vergüenza. Darme la vuelta y volver a casa sonaba muy bien. Pero entonces Eryx, me vio. Era tarde para escapar.

-          ¡Gadea!, estás guapísima – se quedó parado mirándome, sonriendo.

Y sólo se me ocurrió sonreír. Peinado perfectamente para atrás, sin ese flequillo revuelto, parecía mayor y más delgado. Pero estaba atractivo.

-          Ven, te presentaré a algunos amigos – me cogió de la mano, guiándome hacia un grupo que se reía exageradamente.

Dijo en Griego algo y después me presentó uno por uno a los que eran sus amigos desde siempre. En aquel grupo reconocí una cara, era Sylivie.
Llevaba un vestido muy ajustado negro, con una manga sólo. Poca gente podría llevar ese vestido de una manera tan elegante como lo hacía Sylvie.

-          Hace tiempo que no te veo por “petite doux”, ¿acaso has encontrado un pan mejor en Kamari? – hablaba seria, mientras los demás se reían. Se me atragantaron las palabras de la vergüenza.
-          No, no – dije apurada – ahora trabajo por las mañanas en Fira.

Ella le dio una calada a su cigarrillo, manchando la boquilla del intenso color rojo de sus labios.

-          No le eches cuenta, cuesta saber si habla en broma o no, pero acabas acostumbrándote – el mejor amigo de Eryx, Esteban, me sonreía al intentar darme, lo que parecía una disculpa
Sylvie dejó escapar media sonrisa. Esteban la besó en los labios, sonriéndole.

-          Voy a buscar una copa, lo necesito más que tus besos – y con elegancia innata desapareció entre la gente.
-          Esta mujer me va a llevar a la ruina – lo decía como si no le importara el desdén con el que acaba de tratarle Sylvie, como si le divirtiera su actitud.

Eryx me presentó a mucha gente, griegos, italianos, españoles, conocidos de mi hermana y mi cuñado… Hablé con todos ellos, bebí, perdí la vergüenza, bailé, reí a carcajadas y sobre todo, no eché de menos las fiestas de España.

Cuando me quise dar cuenta me encontraba apurando una copa de champán con Sylvie a las cinco de la madrugada. Nos reíamos de Eryx, Estaban y el resto de la pandilla, que bailaban como locos canciones de “The Beatles”. La gente empezaba a irse. Esteban se acercó a Sylvie:

-          “Mon amour”, ¿nos vamos? – la cogía de la cintura
-          Venga, Jhon Lennnon, va siendo hora – no perdía la ironía nunca. Me guiñó un ojo y se fueron, parándose cada dos pasos para besarse.

Eryx se apoyó a mi lado, con su flequillo revuelto y la camisa medio abierta.

-          Ha sido una gran fiesta, Eryx. Me lo he pasado genial, muchísimas gracias – no eran cumplidos.
-          Gracias a ti
-          En serio, gracias. No es fácil estar aquí sola…
-          No lo estás, ya lo ves, aquí estoy yo – sonreía. Pasó un brazo por encima de mi hombro y me besó en la mejilla – te quedan tres horas de sueño, quédate aquí y mañana te llevo a Fira.

El cansancio me podía y acepté.

Al llegar a la tienda, a la mañana siguiente, o mejor dicho unas horas después, me encontré en la puerta a la mirada intensa de ojos verdes con la que me había cruzado el día anterior.

“Que suerte”, pensé, justo el día que peor cara tengo.
-          ¿puedo ayudarle en algo? – pregunté
-          Christos Antzas – me dijo tendiéndome la mano – ¿se encuentra Idalia aquí?
-          No… - intenté decirle a qué hora llegaría pero me cortó.
-          Mejor entonces…


Le pedí al cielo que no parpadeara.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CAPÍTULO CINCO

Eryx avanzaba por la estrecha calle adoquinada, ignorando que yo, inmóvil, lo miraba desde la puerta de “petite doux”.  Y allí me quedé, hasta que lo perdí de vista. Al fin y al cabo, ¿quién era yo para abordar a un desconocido en plena calle? Él sólo había sido educado, curioso quizás, pero nada más.

Los ahorros se iban terminando, tenía que encontrar trabajo, pero me daba pereza. Mis días habían carecido de horarios impuestos por obligaciones, me había aburrido por propia voluntad, había pasado largas horas en la terraza leyendo, había paseado y comprado lo que se me antojaba… pero el dinero, como dice mi madre, no crece en los árboles. Hay que ganárselo.

Yo había estudiado Derecho en la Universidad de Sevilla, y poco después de acabar mis estudios había encontrado trabajo en un bufete de abogados en el barrio de “Los Remedios”. Mi trabajo no me gustaba, me aburría en demasía, y no quería ejercerlo allí. Mi jefe siempre me decía que yo no servía para aquella profesión, y tenía mucha razón. La primera, y única vez, que ejercí de abogada en un juicio fue espantosa. Era un caso sencillo, que en mi despacho, sola, pude resolver sin ningún problema, me pareció fácil defender a mi cliente, estaba segura. Pero las cosas no eran tan fáciles. Yo no había contado con que el abogado contrario intentaría desmontar mi consistente defensa. Consistente era en mi despacho, claro. Porque mi defensa se volvió papel mojado frente a la verborrea de aquel abogado. Yo no sabía que decir, miraba a mi cliente implorándole perdón, me sentí mareada. Y cuando salí de aquella sala, me quité la dichosa toga negra, me monté en mi coche y lloré.

Después de todo, la sentencia dictó un veredicto favorable a mi cliente. Mi jefe me felicitó y aunque modestamente me atribuí los méritos, por conservar mi puesto y por no pecar de humilde (o de eso me auto-convencí), en el fondo sabía que aquello no había sido más que suerte. Porque quizás la juez conociera al abogado, o viera, debido a su experiencia, que yo llevaba razón. El caso es que, después de ese mal trago fui cogiéndole manía a mi trabajo.

Pero aquí podía empezar de cero, podía y quería.

No sabía por dónde empezar a buscar, así que compré un periódico. Debido a las prisas y a la emoción por encontrar un trabajo que me gustara, no me di cuenta que el periódico local, como no podía ser de otra manera, estaba en griego. Y yo, Gadea Andrade Alonso, no tenía ni idea de griego. Pero ya era tarde, había comprado el periódico y había pedido un té, para amenizar la búsqueda (fallida) de trabajo, en una encantadora cafetería del puerto. Así que cerré el periódico y me dispuse a disfrutar de mi té.
Ahora sí que iba a ser difícil, siempre me lo había encontrado todo hecho, siempre había pedido ayuda para todo, nunca había estado sola tanto tiempo. Mi cuñado era una persona influyente, que seguro podía echarme una mano en mi búsqueda, pero yo quería cambiar de manera radical, no me gustaba lo difícil, a nadie le gusta lo difícil, pero tenía que aprender.

En ese mismo momento me di cuenta de que la independencia no era irme de casa de mis padres para vivir con mi pareja. Eso había sido una especie de transmisión del portador de mi dependencia, había pasado de ser dependiente de mis padre a ser dependiente de Nacho, él ñsiempre sabía qué hacer en cualquier situación. La independencia es mucho más sencilla de sentir y de explicar, es simplemente no depender de nadie excepto de ti mismo.

Una carcajada dos mesas más atrás hizo que abandonara mis pensamientos. Me volví a mirar, a envidiar aquella risa. Estaba de espaldas a mí, pero ya lo había visto de espaldas hacía algunas horas. Eryx estaba de pie, junto a una mesa, saludando a una pareja algo mayor que él. Sonreía con esa facilidad aparente mientras se sacudía su flequillo castaño. No dejé de mirarlo, por algún motivo me divertía. En ese momento se giró, aún con la sonrisa en la cara, y me vio. Dirigí mi mirada hacia el ilegible periódico local lo más rápido que pude, deseando que no me hubiera descubierto mirándolo.

-         -  ¡Hola! – Era Eryx con la mirada baja y sin parar de sonreír el que me saludaba.
-       -    ¡Eryx! – sonó bastante más efusivo de lo que pretendí - ¿Qué tal?
-        -   Bien, ¿y tú, que tal te adaptas?
-         -  Bueno, a la vida contemplativa de Santorini estoy más que adaptada, ahora tengo que buscar y encontrar trabajo, pero no he empezado bien – señalé el periódico.

Eryx me miraba fijamente con una media sonrisa. Me intrigaba lo que quisiera que estuviera pensando. Lo miré fijamente, también, hasta que me dio la risa floja.

-         -  ¿Qué pasa? – mi risa, propia de la intriga, no cesaba.
-        -   ¿Qué sabes hacer?
Me entraron ganas de decirle que sabía coser muy bien, y que desde los catorce años cocinaba, pero no hubiera entendido mi ironía.

-          - Estudié derecho, pero no quiero ejercer, y menos aquí.
-        -   Entiendo – se quedó pensativo unos segundos – pues vamos a traducir ese periódico.

Eryx se sentó conmigo, pidió dos refrescos y sin perder un segundo me tradujo cada uno de los anuncios que podían interesarme.

En la mayoría de aquello anuncios pedían una cualificación que yo no tenía, además del idioma nacional, que aunque aprendía a manejarlo no lo hablaba con soltura.

Así que descartamos aquellas  opciones. Finalmente, y aunque la idea no me entusiasmaba, me decanté por presentar mi curriculum en una tienda de antigüedades que se encontraba en Fira, capital y centro neurológico de Santorini.

Fira, Thira en griego, se encontraba a unos ocho kilómetros de Kamari, el pueblecito costero  donde yo residía.

Eryx se había ofrecido para llevarme a Fira a la mañana siguiente:
-        -   No hace falta, Eryx, enserio. ¡Hay un autobús que me lleva hasta allí!
Eryx se levantó de la mesa
-        -   A las diez en punto de la mañana en tu casa – me guiñó un ojo y se fue. No me dio tiempo a discutirle nada más.

Fira era una ciudad de iglesias con cúpulas azules, de casas que parecían amontonarse unas sobre las otras, de un centro abarrotado de bares, tiendas y locales llenos de encanto, de un sol que matizaba el blanco de aquellas casas, de un sol cómplice de la gente. El corazón de Santorini latía en Fira.

No quise que Eryx me acompañara a la tienda, quería hacerlo sóla. En parte por vergüenza, en parte por aquella absurda obsesión de la independencia que había marcado mis pasos hasta entonces.

“Nuevos recuerdos”, se situaba en la esquina  de una calle estrecha y poco transitada, por lo menos a esa hora. Sus escaparates dejaban ver montones de objetos apilados con encanto: mesas, relojes, cojines, cuadros, joyas y otro montón de cosas aparentemente inservibles.

No vacilé al entrar, las primeras impresiones, del que podía ser mi nuevo trabajo, eran buenas. Dentro me recibió una mujer alta, de facciones delgadas, muy elegante.

-         -  Hola… - sonreí, maldije mis nervios.
-         -  Buenos días – en griego, una de las pocas expresiones que entendía de aquel idioma.
-          - Leí su anuncio en el periódico, necesitaban una dependienta – había seguido hablando en inglés – he venido a traer mi curriculum
-         -  Bien – su expresión era fría. Casi ni me miró – déjelo aquí – dijo señalándome la esquina del mostrador.

Estaba visto que las cosas no habían salido bien. Pero cuando me disponía a salir de la tienda, desilusionada, un objeto me llamó la atención; un rectángulo de tela con el escudo de mi apellido bordado.
Al ver mi curiosidad por aquel objeto, la señora estirada me preguntó.

-        -   Es el escudo de mi apellido, Andrade – contesté, me ha impactado verlo aquí.

Me encontré con Eryx en la plaza dónde lo había visto antes de dirigirme a la tienda.

-         -  ¿Qué tal?, ¿Qué ha pasado? – parecía tener ganas de saber de verdad cómo me había ido.
-          - Bien, Eryx, muy bien – sonreí plenamente, no mentía – me han dado el trabajo
-        -   ¿Ya?, ¿Así de fácil? -  otra vez esa sonrisa

-          - No, fácil no ha sido. Suerte más bien. Vamos a por un café que te lo cuento todo.

domingo, 9 de junio de 2013

Capítulo cuatro

Alina ya no estaba en casa, pero me había dejada la cena hecha. Aunque no tenía hambre me senté en el sofá a comer mientras ojeaba una revista que había comprado en el aeropuerto. Me hubiera gustado cenar en la terraza pero hacía demasiado frío.

A pesar del cansancio, ya metida en la cama, no podía dormir. Pensé en mi nuevo amigo, Eryx. Él me había hablado de su familia, de él y yo sólo me había estado quejando de las cosas que tenía que hacer; que tenía que conseguir trabajo, que necesitaba un móvil, que no entendía el griego… ¡No le había dicho mi nombre! Repasé la conversación con Eryx en mi cabeza, había tenido la oportunidad de hacer amigos y lo que había hecho era espantarlo. Estaba inquieta y por alguna razón nerviosa. Entrada la madrugada conseguí quedarme dormida.

Me desperté desorientada, me costó recordar donde estaba, no sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero mucho seguro, me notaba los ojos hinchados. Miré la hora, las doce y media. Había dormido once horas seguidas y aún tenía que hacer mil cosas. Me senté en la cama y me estiré hasta que me dolieron los huesos, siempre me ha parecido uno de los placeres de la vida. Cogí el móvil, un mensaje:

“Cómo estás? Nacho.”

No contesté. Estaba indignada, no se había acordado de mí en tres meses para nada, y ahora justo cuando acabo de llegar a Santorini se preocupaba por mí. Estaba segura de que Nacho se había enterado que me había ido, Sevilla es muy chica y ya se sabe cuando se tienes amigos en común. No pensaba contestarle, aunque quisiera, que quería. Había ido hasta Santorini escapando de la rutina, y mi rutina los últimos tres meses se había basado en recordar a Nacho, así que la opción de echar de menos a Nacho no estaba incluida en mi lista de quehaceres. 

Me levanté de la cama. Tenía que llamar a mi madre y a mi hermana para decirles que estaba bien, después me daría una ducha.

Con el pelo húmedo aún, me dirigí a la cocina para comer algo. Alina estaba haciendo de comer, olía de maravilla.

-         -  ¡Buenos días señorita!, le estoy cocinando “tortilla patatas”, la señora dijo que tu gustaba mucho, ella me enseñó a cocinarla.
-         -  Muchas gracias Alina, la verdad es que me muero de hambre. Y llámeme Gadea, por favor. – creo no hubiera podido soportar que me llamara señorita Andrade mucho más tiempo, lo decía con un acento que sonaba rudo pero cantarín, como una canción de Sabina.


Disfruté de mi primera tortilla de patatas griega, que no estaba nada mal. Y salí a la calle a cumplir mi lista de quehaceres.

Llevaba diez días en aquella isla, y cada día que pasaba me gustaba más estar allí. Le había pedido a Alina que dejara de comprar el pan, prefería hacerlo yo. En unos de mis paseos, para intentar hacerme con el lugar, había descubierto una panadería, propiedad de una francesa. Sólo pasar por delante de aquel lugar te daba hambre, el olor que de allí provenía llenaba toda la calle. Mirar el escaparate te invitaba a entrar, y si aceptabas la invitación era imposible resistirse a comprar algo.

He de reconocer que antes de entrar por primera vez en “petite doux”, me imaginaba a una señora bajita, de mediana edad, rechoncha y de mejillas regentando aquel local. Pero Sylvie era todo lo contrario. Una melena negra recogida en un desenfadado moño, unos ojos verdes claros adornados por unas enormes pestañas y unos labios generosos pintados de color cereza te saludaban desde detrás del mostrador. Sylvie impresionaba, sobre todo a los que, como yo, se esperaban a una señora bañada por canas y con la espalda destrozada de trabajar. Sus infinitas piernas se perdían debajo de un ajustado vestido negro. Me pareció una mujer segura de su belleza, una mujer seria, una mujer difícil de intimidar.

Iba todos los días a la misma hora a comprar el pan, no sé muy bien porqué, había huido de una rutina que no quería, para crear otra rutina. Y es que supongo que todos, al fin y al cabo, nos sentimos seguros en nuestra rutina, y cuando queremos cambiar y vivir de forma diferente, vivir locamente… cometemos la locura de inventar una nueva rutina.

Sylvie sólo se había dirigido a mí para lo preciso, pero esa mañana amplió nuestra escueta conversación de todas las mañanas:

-         -  Mon amour, con todos los tipos de pan que hago diariamente y tú siempre compras lo mismo. Sorpréndete.
-          - ¿Qué me recomiendas?
-          - Pero por favor, ¿qué clase de sorpresa te estarías dando si te aconsejo?

Me reí. No sé que me hacía más gracia, su acento, lo había dicho en sí o que había mantenido una expresión completamente seria mientras hablaba.
En ese momento vi pasar a Eryx por delante de la puerta de la panadería. Miré a Sylvie, ella me guiñó un ojo. Salí a la calle y lo vi caminando calle abajo.

Sorpréndete, murmuré. 

CAPÍTULO 3

Solté la maleta en el recibidor y respiré hondo.

Pasando el recibidor había un salón rectangular que se dividía en dos debido a la disposición del mobiliario. En una parte la sala de estar, dividiendo el salón en dos, una mesa con fotos y algunos trofeos de ajedrez que sin duda habría ganado Luca y en la otra parte del salón el comedor presidio por una enorme mesa de cristal.

Dos habitaciones, la principal y la del pequeño Lorenzo, y un baño se encontraban a la derecha a lo largo de un pasillo. A la izquierda la cocina, y justo en frente, el mejor lugar de toda la casa, la terraza.  Salir a la terraza era un verdadero placer, daba la sensación de estar suspendida en el aire, con el mar a tus pies, un mar de un color azul intenso salpicado de destellos celestes. Allí en aquella idílica terraza, podía haberme imaginado en cualquier otra parte del mundo, pero Santorini me gustaba, Santorini era donde quería estar.
Alina, la asistenta, acababa de llegar. Era una mujer bajita y ancha, con la piel curtida por el sol, era una de esas mujeres con edad indefinida. Podría rondar los cincuenta años si la mirabas a la cara, pero si mirabas sus arrugadas y pecosas manos podría tener perfectamente sesenta años. Alina cuidaba la casa de mi hermana durante todo el año, regaba las plantas, limpiaba, cogía recados… y durante el verano cuidaba también de Luca, Martina y Lorenzo.

-        -  ¡Señorita Andrade!, que alegre conocerla – Alina hablaba casi gritando. Su español era forzado, sólo lo hablaba de verano en verano, pero cualquier persona que no fuera español y la escuchara hablar este idioma hubiera pensado que lo hacía con soltura, debido a sus naturales gestos al hablar. -  su hermana habló de usted mucho. ¿Cómo está?

-        -  Encantada de conocerla, Alina. Estoy bien, gracias. Quizás ahora salga a tomar un rato el aire, ¿me recomienda algún lugar?

Las indicaciones de Alina me llevaron, después de largas cuestas hacia abajo, a una playa. Hacía aire y la playa estaba desierta, así que decidí no bajar las escaleras que te invitaban a tocar la arena, me apoyé en una barandilla y me quedé embobada. El agua de la orilla era de un azul tan intenso como el que se veía desde mi terraza, la arena, debido al origen volcánico de Santorini, era oscura y le daba a la playa un sereno color rojizo. No sé cuánto tiempo pasé mirando aquel paisaje, diez minutos, veinte… quizás más. Y podría haber seguido así mucho más tiempo, pero de repente alguien se apoyó en la barandilla a pocos centímetros de mí.

-        -  ¿Nueva en Santorini? – al ver mi cara de sorpresa decidió seguir hablando él – perdona mi indiscreción, soy Eryx, Eryx Tavalas.

Si tuve dudas sobre si contestar o no, se esfumaron cuando vi su sonrisa. Tenía una sonrisa amplia y agradable, una sonrisa de persona tímida, de esas que crean curiosidad, de esas que inspiran confianza. Le devolví la sonrisa.

-       -   He llegado hoy – no supe que decir a continuación.

       - Española, ¿de qué parte? – agradecí que el siguiera la conversación.

-          - De Sevilla, Andalucía, al sur. – lo dije rápido, casi sin pararme a respirar. Él volvió a sonreír.

-          - Lo sé, estuve estudiando en Salamanca dos años – no sé cómo no me había dado cuenta antes, su español era perfecto, a pesar del acento griego.

Eryx era alto y delgado, tenía unos ojos enormes de un color marrón claro que parecían amarillos si el sol incidía sobre ellos. Una nariz fina, levemente abultada adornaba una cara de rasgos grandes y marcados. Llevaba el flequillo más largo que el resto del pelo y debajo de la camisa de cuadros le asomaba una cadena plateada. No sé bien por qué el detalle de la cadena me gustó, me invadió la curiosidad de saber que llevaba colgado, además, la cadena le quedaba bien.

-         -  Y, ¿Qué te ha traído hasta aquí?

-         - La vida, supongo. Mi hermana tiene una casita aquí, un poco más arriba, pero ella sólo viene a pasar los meses de Julio.

-        -  ¿Y le merece la pena venir desde España para pasar un mes? Allá tenéis playas fabulosas. – usaba expresiones que me hacían gracia. Hablaba lento, sin dejar de sonreír.

Solté una carcajada. Me divertía su curiosidad, era directo, quizás porque hablaba un idioma que no era el suyo, y lo de las indirectas y las expresiones para enlazar frases no lo dominaba.

-          - Mi hermana vive en Roma, está casada con un cirujano de allí.

-         -  ¿Luca Vaccani? – era el nombre de mi cuñado, mi curiosidad estaba hiperactiva.
-          ¡Sí! – lo dije casi chillando, no sé que me hizo más ilusión, si el simple hecho de que conociera a Luca o qué tenía algo de qué hablar con aquel extraño - ¿de qué lo conoces?
Esta vez la carcajada la soltó él.

-         - El doctor Vaccani operó a mi padre hace algunos años del corazón, la operación era difícil pero el doctor Vaccani es un gran profesional. Mi padre siempre le estará agradecido.

El sol se estaba poniendo y empezaba a hacer frío. Me subí la cremallera del chaquetón hasta arriba y metí las manos en los bolsillos.

-          - Te acompaño a casa, estoy seguro que no sabes cómo volver.

No se equivocaba, de noche cualquier lugar es distinto, los sitios cambian cuando el sol se pone. Y mi orientación, pésima, no ayudaba en absoluto.


De camino a casa, mientras subíamos cuestas, me contó que su familia poseía numerosas joyerías repartidas por toda Grecia. Su bisabuelo se dedicaba a la compra y venta de joyas, un hombre ambicioso que con pocos recursos creó un negocio familiar que iba “sobre ruedas”, según me contó Eryx. Ellos pasaban en Santorini todos los veranos, que él recordara, pero a raíz de la salud de su padre se habían trasladado allí a vivir. Se notaba que estaba orgulloso de su familia. De él habló poco, me contó que había estudiado en Roma ciencias políticas y que después en Salamanca había completado sus estudios, “amplió conocimientos”. Me divertía escucharlo, la cancioncilla de su acento hacía que me sintiera a gusto, hacía que sonriera de manera sincera, hacía que sonriera como no lo había hecho en meses.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Capítulo dos

Tres meses en casa de mis padres, en mi casa al fin y al cabo, habían sido suficientes.

A pesar de las atenciones de mi madre y las conversaciones amenas con mi padre, me ahogaba. Sé que intentaron ayudarme, que intentaron animarme con cada gesto, con cada almuerzo a mi antojo, con cada salida nocturna… pero notaba sus miradas de compasión, sus miradas cómplices en mi cogote cada vez que salía de la habitación. Y esas miradas me recordaban a Nacho y sus negros ojos mirándome el día que me dejó. Era como si en realidad yo fuera la única que realmente quería olvidar.

-                      -   Gadea, hija, que no hace falta que te vayas, que papá y yo estamos muy contentos de tenerte en casa
-                       -  Mamá, que lo necesito, necesito salir de Sevilla, necesito olvidarme de Nacho, necesito olvidar mi rutina, o la rutina que tuve… Sólo te pido que me entiendas – Mis palabras sonaban desesperadas, casi suplicaba. – Voy a estar bien, mamá, no me voy para siempre.
-                        -Cariño, yo sólo quiero que estés bien – las lágrimas asomaban a sus ojos, aunque sé que intentó contenerlas. Me entendía.

Me iba a pasar una temporada a casa de mi hermana Martina en Santorini. Martina era 4 años mayor que yo, a ella siempre le habían ido muy bien las cosas, terminó la carrera con matrícula de honor y en pocos meses había conseguido trabajo en Roma. Allí había conocido a Luca, un afamado cirujano italiano, algo mayor que ella, con el que se casó dos años más tarde. Martina, Luca y el pequeño Lorenzo formaban una familia de “anuncio de seguros de hogar”. Una familia adorable, a la que yo adoraba.

Había llamado a mi hermana para contarle mis planes de irme de casa y ella, sin dudarlo, me animó a alojarme en su casa de Santorini donde pasaban todos los meses de julio. Al ser noviembre, podría disponer de la coqueta casa blanca, que Martina había comprado hace 3 años, una temporada.

-                        -Ya verás, Gadea, Santorini tiene un encanto especial. Yo me enamoré de esa isla con tan sólo poner un pie en ella. Se respira paz allí. – me había dicho por teléfono. Su voz alegre me daba ánimos, me recordaba que no estaba huyendo, que estaba siendo valiente.

Mi hermana me había mandando el juego de llaves de la casa por correo dos días antes de partir. Tener las llaves en mis manos me devolvió la fuerza que había perdido junto con mi independencia tres meses antes.
Desde que tomé la decisión de irme no me había parado a pensar en lo que me esperaba cuando llegara a Santorini. Nunca había estado completamente sola y menos en un lugar desconocido. De repente eché de menos mi cama, la de casa de mis padres, la de mi casa, y eso que esa noche aún dormía allí, quizás por última vez. Pero la decisión estaba tomada, y yo estaba, a pesar de mis miedos, totalmente decidida.

En Santorini el sol me daba la bienvenida. Corría una fría brisa que ayudó a disipar el mareo provocado por el viaje en barco.

 Las casas blancas, adornadas con toldos de colores, con flores en las ventanas, con las puertas y ventanas de colores vivos, dispuestas sin ningún tipo de orden aparente ofrecían serenidad, una calma extraña, ya que las cuestas hacia arriba, el adoquinado antiguo… bien podrían desorientar si se tratara de cualquier otra parte de mundo. Pero Santorini tenía esa magia, ese algo inexplicable, esa sensación de paz que produce un susurro.

En ese momento, no sé bien porqué, me acordé de Nacho. Eché de menos cogerlo de la mano, es lo que siempre hacía cuando no sabía por dónde empezar algo. Su recuerdo provocó en mi desazón, nervios… tuve ganas de romper a llorar, de volverme a casa de mis padres, a mi casa. Tuve ganas de llamar Nacho, de pedirle que viniera a Santorini, que viniera a por mí. Estaba inmóvil en medio de aquella isla, me sentía perdida, el pueblo comenzó a volverse gris, cómo si el sol y sus casas blancas sólo fueran una burda presentación para excursionistas.

Sostuve el móvil en mis manos dos segundos. Mis dedos vacilaron sobre el nombre “Nacho”.
Pero me recordé que yo no estaba huyendo, que estaba siendo valiente. Así que guardé el móvil y saqué el papel donde tenía apuntada la dirección de mi hogar temporal.

No tenía ni idea de griego, pero aprendo rápido. Soy valiente.


Capítulo uno

A pesar de todo, nunca me había rendido, por lo menos no del todo. Y ahora me encontraba con esto.

 Nacho me había pedido que me sentara en el sofá, que teníamos que hablar. Y así lo hice. Después de un sinfín de excusas malogradas y de caras de pena sobreactuadas Nacho acabó con la relación.
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                       -  ¡Estupendo Nacho! – la ironía estaba presente en cada frase que pronunciaba – Me parece perfecto, que después da tanto años me dejes por... no sé todavía porqué.

-                  -  Pues te lo he explicado muy clarito, pero tú nunca escuchas, ¿lo ves?, siempre tienes que tener tú la razón y yo la culpa. – la voz de Nacho se alzaba cada vez más, rebotando con las paredes del escueto salón.

-                       - ¿Entonces es definitivo?

-                       -Gadea, cariño – el tono conciliador de Nacho, hacia que mi sangre hirviera – uno no decide como van a funcionarle las cosas, cómo será su futuro… puedes luchar porque sea de una manera u otra, pero en cosas imprevisibles como el amor, es mejor creer en el destino.

Palabras textuales de un hombre al que siempre he admirado por su inteligencia y su sentido común. ¿En qué momento de esos cinco años se había vuelto imbécil? Si pretendía consolarme, por ese camino iba mal. Muy mal.

Sentía unas ganas irrefrenables de gritarle, de reprocharle cada segundo, cada esfuerzo, cada acto realizado para hacerle feliz. Me quemaba el cuerpo por dentro, me sentía agresiva. Nacho siguió hablando:

-                   -  Me duele decirte esto, pero sabes que el piso es de mis padres… y bueno, tienes todo el tiempo que quieras para planificar que vas a hacer, ya lo sabes.

Silencio. Las palabras se me atragantaban en la garganta, una sucesión de improperios y reproches luchaban por salir, por hacerse sonar. Pero me había vuelto inmóvil, casi de piedra. Quería hablarle, no sé si para pedirle otra oportunidad o para decirle que se arrepentiría de esa decisión. La segunda opción iba acompañada de una mirada desafiante y una salida triunfante de la habitación. Pero era mirarlo y su cara de pena forzada, esa mirada de compasión, despertaba en mi un odio, repentino, irrefrenable.

Me levanté del sillón, lo miré, sus ojos negros tenían un color más intenso bajo la única luz de una lámpara coja de bombillas. No tuve fuerzas ni ganas de llevar a cabo ninguna de las dos opciones meditadas anteriormente.

Le di un beso en la mejilla y alargué la mano para coger el teléfono.

-                       -  ¿Mamá?, soy yo. Voy para casa. No, no pasa nada, tranquila. Sí, he cenado. Ahora nos vemos.

No había derramado ni una lágrima aún, pero escuchar a mi madre me hizo llorar. Sé que el tono de llamada a esa hora sonaba diferente en mi casa, sonaba con cierta incertidumbre siempre, y por eso sé que al escuchar mi voz al otro lado del teléfono mi madre supo al instante que pasaba.

No hizo falta decirle nada a Nacho, mantuve la conversación delante suya, así me ahorraba tener que dar explicaciones.

Hice la maleta con un nudo en la garganta del que no me deshice hasta romper a llorar cuando ya estaba en el ascensor, segura de que Nacho no podía verme, ni siquiera oírme. Me sentía vulnerable, había perdido la fuerza y la seguridad que me aportó independizarme de mis padres, volvía a ser inmadura y joven. Volvía a casa de mis padres.

Nacho se había despedido de mí antes de que terminara la maleta, después se había encerrado en el salón. Se lo agradecí, verlo en la puerta despidiéndome me hubiera hecho rogarle que no me dejara.

Había tenido un día espantoso, sin embargo Sevilla, a través de la ventanilla del taxi, estaba deslumbrante. Mi melancolía y ese cansancio que te provoca llorar después de haberte contenido las lágrimas, hacía que Sevilla me recordara a una banda sonora de esas que erizan la piel. Me abracé a mi abrigo.


-                          -   La siguiente a la derecha, y ya pare donde pueda.