Después de las fantásticas críticas que recibí con "Carta a un marciano", me animé a escribir este blog, y compartir, con quien quiera seguirlo, esta nueva historia: "Tú y yo no siempre es nosotros".
Espero que os guste.

domingo, 9 de junio de 2013

CAPÍTULO 3

Solté la maleta en el recibidor y respiré hondo.

Pasando el recibidor había un salón rectangular que se dividía en dos debido a la disposición del mobiliario. En una parte la sala de estar, dividiendo el salón en dos, una mesa con fotos y algunos trofeos de ajedrez que sin duda habría ganado Luca y en la otra parte del salón el comedor presidio por una enorme mesa de cristal.

Dos habitaciones, la principal y la del pequeño Lorenzo, y un baño se encontraban a la derecha a lo largo de un pasillo. A la izquierda la cocina, y justo en frente, el mejor lugar de toda la casa, la terraza.  Salir a la terraza era un verdadero placer, daba la sensación de estar suspendida en el aire, con el mar a tus pies, un mar de un color azul intenso salpicado de destellos celestes. Allí en aquella idílica terraza, podía haberme imaginado en cualquier otra parte del mundo, pero Santorini me gustaba, Santorini era donde quería estar.
Alina, la asistenta, acababa de llegar. Era una mujer bajita y ancha, con la piel curtida por el sol, era una de esas mujeres con edad indefinida. Podría rondar los cincuenta años si la mirabas a la cara, pero si mirabas sus arrugadas y pecosas manos podría tener perfectamente sesenta años. Alina cuidaba la casa de mi hermana durante todo el año, regaba las plantas, limpiaba, cogía recados… y durante el verano cuidaba también de Luca, Martina y Lorenzo.

-        -  ¡Señorita Andrade!, que alegre conocerla – Alina hablaba casi gritando. Su español era forzado, sólo lo hablaba de verano en verano, pero cualquier persona que no fuera español y la escuchara hablar este idioma hubiera pensado que lo hacía con soltura, debido a sus naturales gestos al hablar. -  su hermana habló de usted mucho. ¿Cómo está?

-        -  Encantada de conocerla, Alina. Estoy bien, gracias. Quizás ahora salga a tomar un rato el aire, ¿me recomienda algún lugar?

Las indicaciones de Alina me llevaron, después de largas cuestas hacia abajo, a una playa. Hacía aire y la playa estaba desierta, así que decidí no bajar las escaleras que te invitaban a tocar la arena, me apoyé en una barandilla y me quedé embobada. El agua de la orilla era de un azul tan intenso como el que se veía desde mi terraza, la arena, debido al origen volcánico de Santorini, era oscura y le daba a la playa un sereno color rojizo. No sé cuánto tiempo pasé mirando aquel paisaje, diez minutos, veinte… quizás más. Y podría haber seguido así mucho más tiempo, pero de repente alguien se apoyó en la barandilla a pocos centímetros de mí.

-        -  ¿Nueva en Santorini? – al ver mi cara de sorpresa decidió seguir hablando él – perdona mi indiscreción, soy Eryx, Eryx Tavalas.

Si tuve dudas sobre si contestar o no, se esfumaron cuando vi su sonrisa. Tenía una sonrisa amplia y agradable, una sonrisa de persona tímida, de esas que crean curiosidad, de esas que inspiran confianza. Le devolví la sonrisa.

-       -   He llegado hoy – no supe que decir a continuación.

       - Española, ¿de qué parte? – agradecí que el siguiera la conversación.

-          - De Sevilla, Andalucía, al sur. – lo dije rápido, casi sin pararme a respirar. Él volvió a sonreír.

-          - Lo sé, estuve estudiando en Salamanca dos años – no sé cómo no me había dado cuenta antes, su español era perfecto, a pesar del acento griego.

Eryx era alto y delgado, tenía unos ojos enormes de un color marrón claro que parecían amarillos si el sol incidía sobre ellos. Una nariz fina, levemente abultada adornaba una cara de rasgos grandes y marcados. Llevaba el flequillo más largo que el resto del pelo y debajo de la camisa de cuadros le asomaba una cadena plateada. No sé bien por qué el detalle de la cadena me gustó, me invadió la curiosidad de saber que llevaba colgado, además, la cadena le quedaba bien.

-         -  Y, ¿Qué te ha traído hasta aquí?

-         - La vida, supongo. Mi hermana tiene una casita aquí, un poco más arriba, pero ella sólo viene a pasar los meses de Julio.

-        -  ¿Y le merece la pena venir desde España para pasar un mes? Allá tenéis playas fabulosas. – usaba expresiones que me hacían gracia. Hablaba lento, sin dejar de sonreír.

Solté una carcajada. Me divertía su curiosidad, era directo, quizás porque hablaba un idioma que no era el suyo, y lo de las indirectas y las expresiones para enlazar frases no lo dominaba.

-          - Mi hermana vive en Roma, está casada con un cirujano de allí.

-         -  ¿Luca Vaccani? – era el nombre de mi cuñado, mi curiosidad estaba hiperactiva.
-          ¡Sí! – lo dije casi chillando, no sé que me hizo más ilusión, si el simple hecho de que conociera a Luca o qué tenía algo de qué hablar con aquel extraño - ¿de qué lo conoces?
Esta vez la carcajada la soltó él.

-         - El doctor Vaccani operó a mi padre hace algunos años del corazón, la operación era difícil pero el doctor Vaccani es un gran profesional. Mi padre siempre le estará agradecido.

El sol se estaba poniendo y empezaba a hacer frío. Me subí la cremallera del chaquetón hasta arriba y metí las manos en los bolsillos.

-          - Te acompaño a casa, estoy seguro que no sabes cómo volver.

No se equivocaba, de noche cualquier lugar es distinto, los sitios cambian cuando el sol se pone. Y mi orientación, pésima, no ayudaba en absoluto.


De camino a casa, mientras subíamos cuestas, me contó que su familia poseía numerosas joyerías repartidas por toda Grecia. Su bisabuelo se dedicaba a la compra y venta de joyas, un hombre ambicioso que con pocos recursos creó un negocio familiar que iba “sobre ruedas”, según me contó Eryx. Ellos pasaban en Santorini todos los veranos, que él recordara, pero a raíz de la salud de su padre se habían trasladado allí a vivir. Se notaba que estaba orgulloso de su familia. De él habló poco, me contó que había estudiado en Roma ciencias políticas y que después en Salamanca había completado sus estudios, “amplió conocimientos”. Me divertía escucharlo, la cancioncilla de su acento hacía que me sintiera a gusto, hacía que sonriera de manera sincera, hacía que sonriera como no lo había hecho en meses.

No hay comentarios:

Publicar un comentario