Solté la maleta en el recibidor y respiré hondo.
Pasando el recibidor había un salón rectangular que se
dividía en dos debido a la disposición del mobiliario. En una parte la sala de
estar, dividiendo el salón en dos, una mesa con fotos y algunos trofeos de
ajedrez que sin duda habría ganado Luca y en la otra parte del salón el comedor
presidio por una enorme mesa de cristal.
Dos habitaciones, la principal y la del pequeño Lorenzo, y
un baño se encontraban a la derecha a lo largo de un pasillo. A la izquierda la
cocina, y justo en frente, el mejor lugar de toda la casa, la terraza. Salir a la terraza era un verdadero placer, daba
la sensación de estar suspendida en el aire, con el mar a tus pies, un mar de
un color azul intenso salpicado de destellos celestes. Allí en aquella idílica
terraza, podía haberme imaginado en cualquier otra parte del mundo, pero
Santorini me gustaba, Santorini era donde quería estar.
Alina, la asistenta, acababa de llegar. Era una mujer bajita
y ancha, con la piel curtida por el sol, era una de esas mujeres con edad
indefinida. Podría rondar los cincuenta años si la mirabas a la cara, pero si
mirabas sus arrugadas y pecosas manos podría tener perfectamente sesenta años.
Alina cuidaba la casa de mi hermana durante todo el año, regaba las plantas,
limpiaba, cogía recados… y durante el verano cuidaba también de Luca, Martina y
Lorenzo.
- - ¡Señorita Andrade!, que alegre conocerla – Alina
hablaba casi gritando. Su español era forzado, sólo lo hablaba de verano en
verano, pero cualquier persona que no fuera español y la escuchara hablar este
idioma hubiera pensado que lo hacía con soltura, debido a sus naturales gestos
al hablar. - su hermana habló de usted
mucho. ¿Cómo está?
- - Encantada de conocerla, Alina. Estoy bien,
gracias. Quizás ahora salga a tomar un rato el aire, ¿me recomienda algún
lugar?
Las indicaciones de Alina me llevaron, después de largas
cuestas hacia abajo, a una playa. Hacía aire y la playa estaba desierta, así
que decidí no bajar las escaleras que te invitaban a tocar la arena, me apoyé
en una barandilla y me quedé embobada. El agua de la orilla era de un azul tan
intenso como el que se veía desde mi terraza, la arena, debido al origen
volcánico de Santorini, era oscura y le daba a la playa un sereno color rojizo.
No sé cuánto tiempo pasé mirando aquel paisaje, diez minutos, veinte… quizás
más. Y podría haber seguido así mucho más tiempo, pero de repente alguien se
apoyó en la barandilla a pocos centímetros de mí.
- - ¿Nueva en Santorini? – al ver mi cara de sorpresa
decidió seguir hablando él – perdona mi indiscreción, soy Eryx, Eryx Tavalas.
Si tuve dudas sobre si contestar o no, se esfumaron cuando
vi su sonrisa. Tenía una sonrisa amplia y agradable, una sonrisa de persona
tímida, de esas que crean curiosidad, de esas que inspiran confianza. Le
devolví la sonrisa.
- - He llegado hoy – no supe que decir a
continuación.
- Española, ¿de qué parte? – agradecí que el
siguiera la conversación.
- - De Sevilla, Andalucía, al sur. – lo dije rápido,
casi sin pararme a respirar. Él volvió a sonreír.
- - Lo sé, estuve estudiando en Salamanca dos años –
no sé cómo no me había dado cuenta antes, su español era perfecto, a pesar del
acento griego.
Eryx era alto y delgado, tenía unos ojos enormes de un color
marrón claro que parecían amarillos si el sol incidía sobre ellos. Una nariz
fina, levemente abultada adornaba una cara de rasgos grandes y marcados.
Llevaba el flequillo más largo que el resto del pelo y debajo de la camisa de
cuadros le asomaba una cadena plateada. No sé bien por qué el detalle de la
cadena me gustó, me invadió la curiosidad de saber que llevaba colgado, además,
la cadena le quedaba bien.
- - Y, ¿Qué te ha traído hasta aquí?
- - La vida, supongo. Mi hermana tiene una casita
aquí, un poco más arriba, pero ella sólo viene a pasar los meses de Julio.
- - ¿Y le merece la pena venir desde España para
pasar un mes? Allá tenéis playas fabulosas. – usaba expresiones que me hacían
gracia. Hablaba lento, sin dejar de sonreír.
Solté una carcajada. Me divertía su curiosidad, era directo,
quizás porque hablaba un idioma que no era el suyo, y lo de las indirectas y
las expresiones para enlazar frases no lo dominaba.
- - Mi hermana vive en Roma, está casada con un
cirujano de allí.
- - ¿Luca Vaccani? – era el nombre de mi cuñado, mi
curiosidad estaba hiperactiva.
-
¡Sí! – lo dije casi chillando, no sé que me hizo
más ilusión, si el simple hecho de que conociera a Luca o qué tenía algo de qué
hablar con aquel extraño - ¿de qué lo conoces?
Esta vez la carcajada la soltó él.
- - El doctor Vaccani operó a mi padre hace algunos
años del corazón, la operación era difícil pero el doctor Vaccani es un gran
profesional. Mi padre siempre le estará agradecido.
El sol se estaba poniendo y empezaba a hacer frío. Me subí
la cremallera del chaquetón hasta arriba y metí las manos en los bolsillos.
- - Te acompaño a casa, estoy seguro que no sabes
cómo volver.
No se equivocaba, de noche cualquier lugar es distinto, los
sitios cambian cuando el sol se pone. Y mi orientación, pésima, no ayudaba en
absoluto.
De camino a casa, mientras subíamos cuestas, me contó que su
familia poseía numerosas joyerías repartidas por toda Grecia. Su bisabuelo se
dedicaba a la compra y venta de joyas, un hombre ambicioso que con pocos
recursos creó un negocio familiar que iba “sobre ruedas”, según me contó Eryx.
Ellos pasaban en Santorini todos los veranos, que él recordara, pero a raíz de
la salud de su padre se habían trasladado allí a vivir. Se notaba que estaba
orgulloso de su familia. De él habló poco, me contó que había estudiado en Roma
ciencias políticas y que después en Salamanca había completado sus estudios,
“amplió conocimientos”. Me divertía escucharlo, la cancioncilla de su acento
hacía que me sintiera a gusto, hacía que sonriera de manera sincera, hacía que
sonriera como no lo había hecho en meses.
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