A pesar de todo, nunca me había rendido, por lo menos no del
todo. Y ahora me encontraba con esto.
Nacho me había pedido
que me sentara en el sofá, que teníamos que hablar. Y así lo hice. Después de
un sinfín de excusas malogradas y de caras de pena sobreactuadas Nacho acabó
con la relación.
-
- ¡Estupendo Nacho! – la ironía estaba presente en
cada frase que pronunciaba – Me parece perfecto, que después da tanto años me
dejes por... no sé todavía porqué.
- - Pues te lo he explicado muy clarito, pero tú
nunca escuchas, ¿lo ves?, siempre tienes que tener tú la razón y yo la culpa. –
la voz de Nacho se alzaba cada vez más, rebotando con las paredes del escueto
salón.
- - ¿Entonces es definitivo?
- -Gadea, cariño – el tono conciliador de Nacho,
hacia que mi sangre hirviera – uno no decide como van a funcionarle las cosas,
cómo será su futuro… puedes luchar porque sea de una manera u otra, pero en
cosas imprevisibles como el amor, es mejor creer en el destino.
Palabras textuales de un hombre al que siempre he admirado
por su inteligencia y su sentido común. ¿En qué momento de esos cinco años se
había vuelto imbécil? Si pretendía consolarme, por ese camino iba mal. Muy mal.
Sentía unas ganas irrefrenables de gritarle, de reprocharle
cada segundo, cada esfuerzo, cada acto realizado para hacerle feliz. Me quemaba
el cuerpo por dentro, me sentía agresiva. Nacho siguió hablando:
- - Me duele decirte esto, pero sabes que el piso es
de mis padres… y bueno, tienes todo el tiempo que quieras para planificar que
vas a hacer, ya lo sabes.
Silencio. Las palabras se me atragantaban en la garganta,
una sucesión de improperios y reproches luchaban por salir, por hacerse sonar.
Pero me había vuelto inmóvil, casi de piedra. Quería hablarle, no sé si para
pedirle otra oportunidad o para decirle que se arrepentiría de esa decisión. La
segunda opción iba acompañada de una mirada desafiante y una salida triunfante
de la habitación. Pero era mirarlo y su cara de pena forzada, esa mirada de
compasión, despertaba en mi un odio, repentino, irrefrenable.
Me levanté del sillón, lo miré, sus ojos negros tenían un
color más intenso bajo la única luz de una lámpara coja de bombillas. No tuve
fuerzas ni ganas de llevar a cabo ninguna de las dos opciones meditadas
anteriormente.
Le di un beso en la mejilla y alargué la mano para coger el
teléfono.
- - ¿Mamá?, soy yo. Voy para casa. No, no pasa nada,
tranquila. Sí, he cenado. Ahora nos vemos.
No había derramado ni una lágrima aún, pero escuchar a mi
madre me hizo llorar. Sé que el tono de llamada a esa hora sonaba diferente en
mi casa, sonaba con cierta incertidumbre siempre, y por eso sé que al escuchar
mi voz al otro lado del teléfono mi madre supo al instante que pasaba.
No hizo falta decirle nada a Nacho, mantuve la conversación
delante suya, así me ahorraba tener que dar explicaciones.
Hice la maleta con un nudo en la garganta del que no me
deshice hasta romper a llorar cuando ya estaba en el ascensor, segura de que
Nacho no podía verme, ni siquiera oírme. Me sentía vulnerable, había perdido la
fuerza y la seguridad que me aportó independizarme de mis padres, volvía a ser
inmadura y joven. Volvía a casa de mis padres.
Nacho se había despedido de mí antes de que terminara la
maleta, después se había encerrado en el salón. Se lo agradecí, verlo en la
puerta despidiéndome me hubiera hecho rogarle que no me dejara.
Había tenido un día espantoso, sin embargo Sevilla, a través
de la ventanilla del taxi, estaba deslumbrante. Mi melancolía y ese cansancio
que te provoca llorar después de haberte contenido las lágrimas, hacía que
Sevilla me recordara a una banda sonora de esas que erizan la piel. Me abracé a
mi abrigo.
- - La siguiente a la derecha, y ya pare donde
pueda.
massss
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