Había escuchado la historia sobre nuestro apellido muchas
veces. Mi padre la contaba cada vez que tenía oportunidad, y yo la había
escuchado todas esas veces. Hablaba de familias aristocráticas de Galicia, del
norte de Portugal tal vez, familias con numerosas tierras y bienes de gran
valor. Y aunque no era una historia de príncipes y princesas mi padre la
contaba orgulloso de su procedencia, con un toque de humildad al finalizar, la
contaba con gracia, casi sin parar a respirar, se inventaba detalles según quien
estuviera escuchando. Nunca aprecié esa historia, pero si la manera en la que
mi padre la contaba. Por eso me la sabía de memoria.
Al ver ese escudo en la tienda, sentí nostalgia. No puede
evitar mirarlo, pararme y recordar aquella historia, recordar a mi padre
sentado en el sillón señalando el escudo:
-
Y ese es el escudo de nuestra familia, Gadea – y
yo asentía, preparada para escuchar por enésima vez la historia.
Idalia, así se llamaba la dueña de la tienda, se había dado
cuenta de mi interés por aquel trozo de tela bordado, y sin reparos me había
preguntado si conocía su historia. Se la conté, saboreando cada palabra,
sintiéndome orgullosa de mi padre. Mi conocimiento le había sorprendido. Me
contó que cada objeto de la tienda tenía una ficha en la que constaba la
procedencia de dicho objeto así como su historia, si tenía. Y en la ficha del
escudo aparecía la procedencia pero no la historia.
Después de eso sólo tuve que ofrecerme a rellenarle la
ficha, con la mejor de mis sonrisas, y el trabajo era mío.
Se lo conté emocionada a Eryx, que me escuchó atento,
sonriendo como siempre, divirtiéndose con mi nerviosismo propio del entusiasmo.
El primer día de trabajo fue aburrido, me llevé “mano sobre
mano”, prácticamente, todo el día.
Idalia llegó para relevarme en la tienda. Mi primer día de
trabajo en Grecia había concluido. Me sentía feliz a pesar de la poca actividad
de la tienda, me sentía feliz porque me sentía útil, porque me sentía
independiente, quizás por primera vez.
-
¡Hasta mañana, Idalia!
-
¡Hasta mañana!
Entonces, me crucé con los ojos más verdes, con la mirada
más intenta que había visto jamás. Él entraba en la tienda, con gesto sereno,
perfectamente peinado. Era moreno, muy moreno, alto, de rasgos marcados, era
fuerte y guapo. Irresistiblemente guapo. Y, él lo sabía.
Me puse recta, por inercia, y fingí indiferencia para
abandonar la tienda. Al doblar la esquina no pude evitar mirar a través del cristal del escaparate. No parecía querer
comprar nada, hablaba con Idalia con confianza.
Eché de menos a mi madre para comentar el físico de aquel joven.
De vuelta a casa en el autobús, me quedé dormida. Estaba cansada
física y psicológicamente, hacía mucho tiempo que no me despertaba temprano,
obligada por una sintonía absurda y cansina.
Al llegar a casa, volví a quedarme dormida en el sofá después
de comer. Caí en un sueño profundo, que fue interrumpido, otra vez, por una
sintonía absurda y cansina. Esta vez era una llamada.
Eryx. Sonrisa. Contestar.
-
¡Gadea!
-
Hola, Eryx. ¿Qué pasa?
-
Tienes una fiesta hoy – hablaba perfectamente el
español, pero se notaba en sus expresiones que no era su idioma, lo que me
provocaba la risa.
-
¿Cómo? – seguía con la risa floja - ¿Qué yo
tengo qué?
-
Una fiesta, en mi casa. Es a las nueve. Habrá mucha
gente – no había entendido de que me reía.
Estuve a punto de negarme a asistir, pero ¿Qué había de malo
en conocer gente nueva?, sobre todo si pensaba instalarme allí de manera
indefinida. Me habían entrado hasta ganas de arreglarme, de bailar, de charlar,
de beber, de reírme.
-
¡ah!, perfecto. Genial, allí estaré. ¿hace falta
que lleve algo? – el que se reía ahora era él
-
No, Gadea, no tienes que traer nada- y era yo la
que no entendía su risa.
Me embutí en unos pantalones negros, que conjunté con una
camisa beige, vaporosa, algo transparente. Apliqué todas las técnicas para
maquillarme que aprendí en un curso, al que había asistido unos años antes.
Y por último me subí a unos tacones negros.
Al llegar a la fiesta, entendí porque se reía Eryx. Su casa
bien podía ser un palacio, era enorme, con una fachada perfectamente blanca,
adornada con una cúpula amarilla. El jardín estaba atestado de gente elegante,
charlaban unos con otros, bebían de las copas que los, también, elegantes
camareros ofrecían a los invitados en bandejas, se servían comida de las largas
mesas repartidas por todo el jardín…
Vergüenza. Darme la vuelta y volver a casa sonaba muy bien. Pero
entonces Eryx, me vio. Era tarde para escapar.
-
¡Gadea!, estás guapísima – se quedó parado mirándome,
sonriendo.
Y sólo se me ocurrió sonreír. Peinado perfectamente para atrás,
sin ese flequillo revuelto, parecía mayor y más delgado. Pero estaba atractivo.
-
Ven, te presentaré a algunos amigos – me cogió
de la mano, guiándome hacia un grupo que se reía exageradamente.
Dijo en Griego algo y después me presentó uno por uno a los
que eran sus amigos desde siempre. En aquel grupo reconocí una cara, era
Sylivie.
Llevaba un vestido muy ajustado negro, con una manga sólo. Poca
gente podría llevar ese vestido de una manera tan elegante como lo hacía
Sylvie.
-
Hace tiempo que no te veo por “petite doux”,
¿acaso has encontrado un pan mejor en Kamari? – hablaba seria, mientras los
demás se reían. Se me atragantaron las palabras de la vergüenza.
-
No, no – dije apurada – ahora trabajo por las
mañanas en Fira.
Ella le dio una calada a su cigarrillo, manchando la
boquilla del intenso color rojo de sus labios.
-
No le eches cuenta, cuesta saber si habla en
broma o no, pero acabas acostumbrándote – el mejor amigo de Eryx, Esteban, me sonreía
al intentar darme, lo que parecía una disculpa
Sylvie dejó escapar media
sonrisa. Esteban la besó en los labios, sonriéndole.
-
Voy a buscar una copa, lo necesito más que tus
besos – y con elegancia innata desapareció entre la gente.
-
Esta mujer me va a llevar a la ruina – lo decía
como si no le importara el desdén con el que acaba de tratarle Sylvie, como si
le divirtiera su actitud.
Eryx me presentó a mucha gente, griegos, italianos,
españoles, conocidos de mi hermana y mi cuñado… Hablé con todos ellos, bebí,
perdí la vergüenza, bailé, reí a carcajadas y sobre todo, no eché de menos las
fiestas de España.
Cuando me quise dar cuenta me encontraba apurando una copa
de champán con Sylvie a las cinco de la madrugada. Nos reíamos de Eryx, Estaban
y el resto de la pandilla, que bailaban como locos canciones de “The Beatles”.
La gente empezaba a irse. Esteban se acercó a Sylvie:
-
“Mon amour”, ¿nos vamos? – la cogía de la
cintura
-
Venga, Jhon Lennnon, va siendo hora – no perdía
la ironía nunca. Me guiñó un ojo y se fueron, parándose cada dos pasos para
besarse.
Eryx se apoyó a mi lado, con su flequillo revuelto y la
camisa medio abierta.
-
Ha sido una gran fiesta, Eryx. Me lo he pasado
genial, muchísimas gracias – no eran cumplidos.
-
Gracias a ti
-
En serio, gracias. No es fácil estar aquí sola…
-
No lo estás, ya lo ves, aquí estoy yo – sonreía.
Pasó un brazo por encima de mi hombro y me besó en la mejilla – te quedan tres
horas de sueño, quédate aquí y mañana te llevo a Fira.
El cansancio me podía y acepté.
Al llegar a la tienda, a la mañana siguiente, o mejor dicho
unas horas después, me encontré en la puerta a la mirada intensa de ojos verdes
con la que me había cruzado el día anterior.
“Que suerte”, pensé, justo el día que peor cara tengo.
-
¿puedo ayudarle en algo? – pregunté
-
Christos Antzas – me dijo tendiéndome la mano – ¿se
encuentra Idalia aquí?
-
No… - intenté decirle a qué hora llegaría pero
me cortó.
-
Mejor entonces…
Le pedí al cielo que no parpadeara.
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