Eryx avanzaba por la estrecha calle adoquinada, ignorando
que yo, inmóvil, lo miraba desde la puerta de “petite doux”. Y allí me quedé, hasta que lo perdí de vista.
Al fin y al cabo, ¿quién era yo para abordar a un desconocido en plena calle?
Él sólo había sido educado, curioso quizás, pero nada más.
Los ahorros se iban terminando, tenía que encontrar trabajo,
pero me daba pereza. Mis días habían carecido de horarios impuestos por
obligaciones, me había aburrido por propia voluntad, había pasado largas horas
en la terraza leyendo, había paseado y comprado lo que se me antojaba… pero el
dinero, como dice mi madre, no crece en los árboles. Hay que ganárselo.
Yo había estudiado Derecho en la Universidad de Sevilla, y
poco después de acabar mis estudios había encontrado trabajo en un bufete de
abogados en el barrio de “Los Remedios”. Mi trabajo no me gustaba, me aburría
en demasía, y no quería ejercerlo allí. Mi jefe siempre me decía que yo no
servía para aquella profesión, y tenía mucha razón. La primera, y única vez,
que ejercí de abogada en un juicio fue espantosa. Era un caso sencillo, que en
mi despacho, sola, pude resolver sin ningún problema, me pareció fácil defender
a mi cliente, estaba segura. Pero las cosas no eran tan fáciles. Yo no había
contado con que el abogado contrario intentaría desmontar mi consistente
defensa. Consistente era en mi despacho, claro. Porque mi defensa se volvió
papel mojado frente a la verborrea de aquel abogado. Yo no sabía que decir,
miraba a mi cliente implorándole perdón, me sentí mareada. Y cuando salí de
aquella sala, me quité la dichosa toga negra, me monté en mi coche y lloré.
Después de todo, la sentencia dictó un veredicto favorable a
mi cliente. Mi jefe me felicitó y aunque modestamente me atribuí los méritos,
por conservar mi puesto y por no pecar de humilde (o de eso me auto-convencí),
en el fondo sabía que aquello no había sido más que suerte. Porque quizás la
juez conociera al abogado, o viera, debido a su experiencia, que yo llevaba
razón. El caso es que, después de ese mal trago fui cogiéndole manía a mi
trabajo.
Pero aquí podía empezar de cero, podía y quería.
No sabía por dónde empezar a buscar, así que compré un
periódico. Debido a las prisas y a la emoción por encontrar un trabajo que me
gustara, no me di cuenta que el periódico local, como no podía ser de otra
manera, estaba en griego. Y yo, Gadea Andrade Alonso, no tenía ni idea de
griego. Pero ya era tarde, había comprado el periódico y había pedido un té,
para amenizar la búsqueda (fallida) de trabajo, en una encantadora cafetería
del puerto. Así que cerré el periódico y me dispuse a disfrutar de mi té.
Ahora sí que iba a ser difícil, siempre me lo había
encontrado todo hecho, siempre había pedido ayuda para todo, nunca había estado
sola tanto tiempo. Mi cuñado era una persona influyente, que seguro podía
echarme una mano en mi búsqueda, pero yo quería cambiar de manera radical, no
me gustaba lo difícil, a nadie le gusta lo difícil, pero tenía que aprender.
En ese mismo momento me di cuenta de que la independencia no
era irme de casa de mis padres para vivir con mi pareja. Eso había sido una
especie de transmisión del portador de mi dependencia, había pasado de ser
dependiente de mis padre a ser dependiente de Nacho, él ñsiempre sabía qué
hacer en cualquier situación. La independencia es mucho más sencilla de sentir
y de explicar, es simplemente no depender de nadie excepto de ti mismo.
Una carcajada dos mesas más atrás hizo que abandonara mis
pensamientos. Me volví a mirar, a envidiar aquella risa. Estaba de espaldas a
mí, pero ya lo había visto de espaldas hacía algunas horas. Eryx estaba de pie,
junto a una mesa, saludando a una pareja algo mayor que él. Sonreía con esa
facilidad aparente mientras se sacudía su flequillo castaño. No dejé de
mirarlo, por algún motivo me divertía. En ese momento se giró, aún con la
sonrisa en la cara, y me vio. Dirigí mi mirada hacia el ilegible periódico
local lo más rápido que pude, deseando que no me hubiera descubierto mirándolo.
- - ¡Hola! – Era Eryx con la mirada baja y sin parar
de sonreír el que me saludaba.
- - ¡Eryx! – sonó bastante más efusivo de lo que
pretendí - ¿Qué tal?
- - Bien, ¿y tú, que tal te adaptas?
- - Bueno, a la vida contemplativa de Santorini
estoy más que adaptada, ahora tengo que buscar y encontrar trabajo, pero no he
empezado bien – señalé el periódico.
Eryx me miraba fijamente con una media sonrisa. Me intrigaba
lo que quisiera que estuviera pensando. Lo miré fijamente, también, hasta que
me dio la risa floja.
- - ¿Qué pasa? – mi risa, propia de la intriga, no
cesaba.
- - ¿Qué sabes hacer?
Me entraron ganas de decirle que sabía coser muy bien, y que
desde los catorce años cocinaba, pero no hubiera entendido mi ironía.
- - Estudié derecho, pero no quiero ejercer, y menos
aquí.
- - Entiendo – se quedó pensativo unos segundos –
pues vamos a traducir ese periódico.
Eryx se sentó conmigo, pidió dos refrescos y sin perder un
segundo me tradujo cada uno de los anuncios que podían interesarme.
En la mayoría de aquello anuncios pedían una cualificación
que yo no tenía, además del idioma nacional, que aunque aprendía a manejarlo no
lo hablaba con soltura.
Así que descartamos aquellas opciones. Finalmente, y aunque la idea no me
entusiasmaba, me decanté por presentar mi curriculum en una tienda de antigüedades
que se encontraba en Fira, capital y centro neurológico de Santorini.
Fira, Thira en griego, se encontraba a unos ocho kilómetros
de Kamari, el pueblecito costero donde
yo residía.
Eryx se había ofrecido para llevarme a Fira a la mañana
siguiente:
- - No hace falta, Eryx, enserio. ¡Hay un autobús
que me lleva hasta allí!
Eryx se levantó de la mesa
- - A las diez en punto de la mañana en tu casa – me
guiñó un ojo y se fue. No me dio tiempo a discutirle nada más.
Fira era una ciudad de iglesias con cúpulas azules, de casas
que parecían amontonarse unas sobre las otras, de un centro abarrotado de
bares, tiendas y locales llenos de encanto, de un sol que matizaba el blanco de
aquellas casas, de un sol cómplice de la gente. El corazón de Santorini latía
en Fira.
No quise que Eryx me acompañara a la tienda, quería hacerlo
sóla. En parte por vergüenza, en parte por aquella absurda obsesión de la independencia
que había marcado mis pasos hasta entonces.
“Nuevos recuerdos”, se situaba en la esquina de una calle estrecha y poco transitada, por
lo menos a esa hora. Sus escaparates dejaban ver montones de objetos apilados
con encanto: mesas, relojes, cojines, cuadros, joyas y otro montón de cosas aparentemente
inservibles.
No vacilé al entrar, las primeras impresiones, del que podía
ser mi nuevo trabajo, eran buenas. Dentro me recibió una mujer alta, de
facciones delgadas, muy elegante.
- - Hola… - sonreí, maldije mis nervios.
- - Buenos días – en griego, una de las pocas
expresiones que entendía de aquel idioma.
- - Leí su anuncio en el periódico, necesitaban una dependienta
– había seguido hablando en inglés – he venido a traer mi curriculum
- - Bien – su expresión era fría. Casi ni me miró – déjelo
aquí – dijo señalándome la esquina del mostrador.
Estaba visto que las cosas no habían salido bien. Pero cuando
me disponía a salir de la tienda, desilusionada, un objeto me llamó la
atención; un rectángulo de tela con el escudo de mi apellido bordado.
Al ver mi curiosidad por aquel objeto, la señora estirada me
preguntó.
- - Es el escudo de mi apellido, Andrade – contesté,
me ha impactado verlo aquí.
Me encontré con Eryx en la plaza dónde lo había visto antes
de dirigirme a la tienda.
- - ¿Qué tal?, ¿Qué ha pasado? – parecía tener ganas
de saber de verdad cómo me había ido.
- - Bien, Eryx, muy bien – sonreí plenamente, no
mentía – me han dado el trabajo
- - ¿Ya?, ¿Así de fácil? - otra vez esa sonrisa
- - No, fácil no ha sido. Suerte más bien. Vamos a
por un café que te lo cuento todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario