Después de las fantásticas críticas que recibí con "Carta a un marciano", me animé a escribir este blog, y compartir, con quien quiera seguirlo, esta nueva historia: "Tú y yo no siempre es nosotros".
Espero que os guste.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CAPÍTULO CINCO

Eryx avanzaba por la estrecha calle adoquinada, ignorando que yo, inmóvil, lo miraba desde la puerta de “petite doux”.  Y allí me quedé, hasta que lo perdí de vista. Al fin y al cabo, ¿quién era yo para abordar a un desconocido en plena calle? Él sólo había sido educado, curioso quizás, pero nada más.

Los ahorros se iban terminando, tenía que encontrar trabajo, pero me daba pereza. Mis días habían carecido de horarios impuestos por obligaciones, me había aburrido por propia voluntad, había pasado largas horas en la terraza leyendo, había paseado y comprado lo que se me antojaba… pero el dinero, como dice mi madre, no crece en los árboles. Hay que ganárselo.

Yo había estudiado Derecho en la Universidad de Sevilla, y poco después de acabar mis estudios había encontrado trabajo en un bufete de abogados en el barrio de “Los Remedios”. Mi trabajo no me gustaba, me aburría en demasía, y no quería ejercerlo allí. Mi jefe siempre me decía que yo no servía para aquella profesión, y tenía mucha razón. La primera, y única vez, que ejercí de abogada en un juicio fue espantosa. Era un caso sencillo, que en mi despacho, sola, pude resolver sin ningún problema, me pareció fácil defender a mi cliente, estaba segura. Pero las cosas no eran tan fáciles. Yo no había contado con que el abogado contrario intentaría desmontar mi consistente defensa. Consistente era en mi despacho, claro. Porque mi defensa se volvió papel mojado frente a la verborrea de aquel abogado. Yo no sabía que decir, miraba a mi cliente implorándole perdón, me sentí mareada. Y cuando salí de aquella sala, me quité la dichosa toga negra, me monté en mi coche y lloré.

Después de todo, la sentencia dictó un veredicto favorable a mi cliente. Mi jefe me felicitó y aunque modestamente me atribuí los méritos, por conservar mi puesto y por no pecar de humilde (o de eso me auto-convencí), en el fondo sabía que aquello no había sido más que suerte. Porque quizás la juez conociera al abogado, o viera, debido a su experiencia, que yo llevaba razón. El caso es que, después de ese mal trago fui cogiéndole manía a mi trabajo.

Pero aquí podía empezar de cero, podía y quería.

No sabía por dónde empezar a buscar, así que compré un periódico. Debido a las prisas y a la emoción por encontrar un trabajo que me gustara, no me di cuenta que el periódico local, como no podía ser de otra manera, estaba en griego. Y yo, Gadea Andrade Alonso, no tenía ni idea de griego. Pero ya era tarde, había comprado el periódico y había pedido un té, para amenizar la búsqueda (fallida) de trabajo, en una encantadora cafetería del puerto. Así que cerré el periódico y me dispuse a disfrutar de mi té.
Ahora sí que iba a ser difícil, siempre me lo había encontrado todo hecho, siempre había pedido ayuda para todo, nunca había estado sola tanto tiempo. Mi cuñado era una persona influyente, que seguro podía echarme una mano en mi búsqueda, pero yo quería cambiar de manera radical, no me gustaba lo difícil, a nadie le gusta lo difícil, pero tenía que aprender.

En ese mismo momento me di cuenta de que la independencia no era irme de casa de mis padres para vivir con mi pareja. Eso había sido una especie de transmisión del portador de mi dependencia, había pasado de ser dependiente de mis padre a ser dependiente de Nacho, él ñsiempre sabía qué hacer en cualquier situación. La independencia es mucho más sencilla de sentir y de explicar, es simplemente no depender de nadie excepto de ti mismo.

Una carcajada dos mesas más atrás hizo que abandonara mis pensamientos. Me volví a mirar, a envidiar aquella risa. Estaba de espaldas a mí, pero ya lo había visto de espaldas hacía algunas horas. Eryx estaba de pie, junto a una mesa, saludando a una pareja algo mayor que él. Sonreía con esa facilidad aparente mientras se sacudía su flequillo castaño. No dejé de mirarlo, por algún motivo me divertía. En ese momento se giró, aún con la sonrisa en la cara, y me vio. Dirigí mi mirada hacia el ilegible periódico local lo más rápido que pude, deseando que no me hubiera descubierto mirándolo.

-         -  ¡Hola! – Era Eryx con la mirada baja y sin parar de sonreír el que me saludaba.
-       -    ¡Eryx! – sonó bastante más efusivo de lo que pretendí - ¿Qué tal?
-        -   Bien, ¿y tú, que tal te adaptas?
-         -  Bueno, a la vida contemplativa de Santorini estoy más que adaptada, ahora tengo que buscar y encontrar trabajo, pero no he empezado bien – señalé el periódico.

Eryx me miraba fijamente con una media sonrisa. Me intrigaba lo que quisiera que estuviera pensando. Lo miré fijamente, también, hasta que me dio la risa floja.

-         -  ¿Qué pasa? – mi risa, propia de la intriga, no cesaba.
-        -   ¿Qué sabes hacer?
Me entraron ganas de decirle que sabía coser muy bien, y que desde los catorce años cocinaba, pero no hubiera entendido mi ironía.

-          - Estudié derecho, pero no quiero ejercer, y menos aquí.
-        -   Entiendo – se quedó pensativo unos segundos – pues vamos a traducir ese periódico.

Eryx se sentó conmigo, pidió dos refrescos y sin perder un segundo me tradujo cada uno de los anuncios que podían interesarme.

En la mayoría de aquello anuncios pedían una cualificación que yo no tenía, además del idioma nacional, que aunque aprendía a manejarlo no lo hablaba con soltura.

Así que descartamos aquellas  opciones. Finalmente, y aunque la idea no me entusiasmaba, me decanté por presentar mi curriculum en una tienda de antigüedades que se encontraba en Fira, capital y centro neurológico de Santorini.

Fira, Thira en griego, se encontraba a unos ocho kilómetros de Kamari, el pueblecito costero  donde yo residía.

Eryx se había ofrecido para llevarme a Fira a la mañana siguiente:
-        -   No hace falta, Eryx, enserio. ¡Hay un autobús que me lleva hasta allí!
Eryx se levantó de la mesa
-        -   A las diez en punto de la mañana en tu casa – me guiñó un ojo y se fue. No me dio tiempo a discutirle nada más.

Fira era una ciudad de iglesias con cúpulas azules, de casas que parecían amontonarse unas sobre las otras, de un centro abarrotado de bares, tiendas y locales llenos de encanto, de un sol que matizaba el blanco de aquellas casas, de un sol cómplice de la gente. El corazón de Santorini latía en Fira.

No quise que Eryx me acompañara a la tienda, quería hacerlo sóla. En parte por vergüenza, en parte por aquella absurda obsesión de la independencia que había marcado mis pasos hasta entonces.

“Nuevos recuerdos”, se situaba en la esquina  de una calle estrecha y poco transitada, por lo menos a esa hora. Sus escaparates dejaban ver montones de objetos apilados con encanto: mesas, relojes, cojines, cuadros, joyas y otro montón de cosas aparentemente inservibles.

No vacilé al entrar, las primeras impresiones, del que podía ser mi nuevo trabajo, eran buenas. Dentro me recibió una mujer alta, de facciones delgadas, muy elegante.

-         -  Hola… - sonreí, maldije mis nervios.
-         -  Buenos días – en griego, una de las pocas expresiones que entendía de aquel idioma.
-          - Leí su anuncio en el periódico, necesitaban una dependienta – había seguido hablando en inglés – he venido a traer mi curriculum
-         -  Bien – su expresión era fría. Casi ni me miró – déjelo aquí – dijo señalándome la esquina del mostrador.

Estaba visto que las cosas no habían salido bien. Pero cuando me disponía a salir de la tienda, desilusionada, un objeto me llamó la atención; un rectángulo de tela con el escudo de mi apellido bordado.
Al ver mi curiosidad por aquel objeto, la señora estirada me preguntó.

-        -   Es el escudo de mi apellido, Andrade – contesté, me ha impactado verlo aquí.

Me encontré con Eryx en la plaza dónde lo había visto antes de dirigirme a la tienda.

-         -  ¿Qué tal?, ¿Qué ha pasado? – parecía tener ganas de saber de verdad cómo me había ido.
-          - Bien, Eryx, muy bien – sonreí plenamente, no mentía – me han dado el trabajo
-        -   ¿Ya?, ¿Así de fácil? -  otra vez esa sonrisa

-          - No, fácil no ha sido. Suerte más bien. Vamos a por un café que te lo cuento todo.

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