Después de las fantásticas críticas que recibí con "Carta a un marciano", me animé a escribir este blog, y compartir, con quien quiera seguirlo, esta nueva historia: "Tú y yo no siempre es nosotros".
Espero que os guste.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Capítulo dos

Tres meses en casa de mis padres, en mi casa al fin y al cabo, habían sido suficientes.

A pesar de las atenciones de mi madre y las conversaciones amenas con mi padre, me ahogaba. Sé que intentaron ayudarme, que intentaron animarme con cada gesto, con cada almuerzo a mi antojo, con cada salida nocturna… pero notaba sus miradas de compasión, sus miradas cómplices en mi cogote cada vez que salía de la habitación. Y esas miradas me recordaban a Nacho y sus negros ojos mirándome el día que me dejó. Era como si en realidad yo fuera la única que realmente quería olvidar.

-                      -   Gadea, hija, que no hace falta que te vayas, que papá y yo estamos muy contentos de tenerte en casa
-                       -  Mamá, que lo necesito, necesito salir de Sevilla, necesito olvidarme de Nacho, necesito olvidar mi rutina, o la rutina que tuve… Sólo te pido que me entiendas – Mis palabras sonaban desesperadas, casi suplicaba. – Voy a estar bien, mamá, no me voy para siempre.
-                        -Cariño, yo sólo quiero que estés bien – las lágrimas asomaban a sus ojos, aunque sé que intentó contenerlas. Me entendía.

Me iba a pasar una temporada a casa de mi hermana Martina en Santorini. Martina era 4 años mayor que yo, a ella siempre le habían ido muy bien las cosas, terminó la carrera con matrícula de honor y en pocos meses había conseguido trabajo en Roma. Allí había conocido a Luca, un afamado cirujano italiano, algo mayor que ella, con el que se casó dos años más tarde. Martina, Luca y el pequeño Lorenzo formaban una familia de “anuncio de seguros de hogar”. Una familia adorable, a la que yo adoraba.

Había llamado a mi hermana para contarle mis planes de irme de casa y ella, sin dudarlo, me animó a alojarme en su casa de Santorini donde pasaban todos los meses de julio. Al ser noviembre, podría disponer de la coqueta casa blanca, que Martina había comprado hace 3 años, una temporada.

-                        -Ya verás, Gadea, Santorini tiene un encanto especial. Yo me enamoré de esa isla con tan sólo poner un pie en ella. Se respira paz allí. – me había dicho por teléfono. Su voz alegre me daba ánimos, me recordaba que no estaba huyendo, que estaba siendo valiente.

Mi hermana me había mandando el juego de llaves de la casa por correo dos días antes de partir. Tener las llaves en mis manos me devolvió la fuerza que había perdido junto con mi independencia tres meses antes.
Desde que tomé la decisión de irme no me había parado a pensar en lo que me esperaba cuando llegara a Santorini. Nunca había estado completamente sola y menos en un lugar desconocido. De repente eché de menos mi cama, la de casa de mis padres, la de mi casa, y eso que esa noche aún dormía allí, quizás por última vez. Pero la decisión estaba tomada, y yo estaba, a pesar de mis miedos, totalmente decidida.

En Santorini el sol me daba la bienvenida. Corría una fría brisa que ayudó a disipar el mareo provocado por el viaje en barco.

 Las casas blancas, adornadas con toldos de colores, con flores en las ventanas, con las puertas y ventanas de colores vivos, dispuestas sin ningún tipo de orden aparente ofrecían serenidad, una calma extraña, ya que las cuestas hacia arriba, el adoquinado antiguo… bien podrían desorientar si se tratara de cualquier otra parte de mundo. Pero Santorini tenía esa magia, ese algo inexplicable, esa sensación de paz que produce un susurro.

En ese momento, no sé bien porqué, me acordé de Nacho. Eché de menos cogerlo de la mano, es lo que siempre hacía cuando no sabía por dónde empezar algo. Su recuerdo provocó en mi desazón, nervios… tuve ganas de romper a llorar, de volverme a casa de mis padres, a mi casa. Tuve ganas de llamar Nacho, de pedirle que viniera a Santorini, que viniera a por mí. Estaba inmóvil en medio de aquella isla, me sentía perdida, el pueblo comenzó a volverse gris, cómo si el sol y sus casas blancas sólo fueran una burda presentación para excursionistas.

Sostuve el móvil en mis manos dos segundos. Mis dedos vacilaron sobre el nombre “Nacho”.
Pero me recordé que yo no estaba huyendo, que estaba siendo valiente. Así que guardé el móvil y saqué el papel donde tenía apuntada la dirección de mi hogar temporal.

No tenía ni idea de griego, pero aprendo rápido. Soy valiente.


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