Después de las fantásticas críticas que recibí con "Carta a un marciano", me animé a escribir este blog, y compartir, con quien quiera seguirlo, esta nueva historia: "Tú y yo no siempre es nosotros".
Espero que os guste.

domingo, 15 de septiembre de 2013

capítulo seis

Había escuchado la historia sobre nuestro apellido muchas veces. Mi padre la contaba cada vez que tenía oportunidad, y yo la había escuchado todas esas veces. Hablaba de familias aristocráticas de Galicia, del norte de Portugal tal vez, familias con numerosas tierras y bienes de gran valor. Y aunque no era una historia de príncipes y princesas mi padre la contaba orgulloso de su procedencia, con un toque de humildad al finalizar, la contaba con gracia, casi sin parar a respirar, se inventaba detalles según quien estuviera escuchando. Nunca aprecié esa historia, pero si la manera en la que mi padre la contaba. Por eso me la sabía de memoria.

Al ver ese escudo en la tienda, sentí nostalgia. No puede evitar mirarlo, pararme y recordar aquella historia, recordar a mi padre sentado en el sillón señalando el escudo:

-          Y ese es el escudo de nuestra familia, Gadea – y yo asentía, preparada para escuchar por enésima vez la historia.

Idalia, así se llamaba la dueña de la tienda, se había dado cuenta de mi interés por aquel trozo de tela bordado, y sin reparos me había preguntado si conocía su historia. Se la conté, saboreando cada palabra, sintiéndome orgullosa de mi padre. Mi conocimiento le había sorprendido. Me contó que cada objeto de la tienda tenía una ficha en la que constaba la procedencia de dicho objeto así como su historia, si tenía. Y en la ficha del escudo aparecía la procedencia pero no la historia.

Después de eso sólo tuve que ofrecerme a rellenarle la ficha, con la mejor de mis sonrisas, y el trabajo era mío.

Se lo conté emocionada a Eryx, que me escuchó atento, sonriendo como siempre, divirtiéndose con mi nerviosismo propio del entusiasmo.

El primer día de trabajo fue aburrido, me llevé “mano sobre mano”, prácticamente, todo el día.
Idalia llegó para relevarme en la tienda. Mi primer día de trabajo en Grecia había concluido. Me sentía feliz a pesar de la poca actividad de la tienda, me sentía feliz porque me sentía útil, porque me sentía independiente, quizás por primera vez.

-          ¡Hasta mañana, Idalia!
-          ¡Hasta mañana!

Entonces, me crucé con los ojos más verdes, con la mirada más intenta que había visto jamás. Él entraba en la tienda, con gesto sereno, perfectamente peinado. Era moreno, muy moreno, alto, de rasgos marcados, era fuerte y guapo. Irresistiblemente guapo. Y, él lo sabía.

Me puse recta, por inercia, y fingí indiferencia para abandonar la tienda. Al doblar la esquina no pude evitar mirar a través  del cristal del escaparate. No parecía querer comprar nada, hablaba con Idalia con confianza.
Eché de menos a mi madre para comentar el físico de aquel joven.

De vuelta a casa en el autobús, me quedé dormida. Estaba cansada física y psicológicamente, hacía mucho tiempo que no me despertaba temprano, obligada por una sintonía absurda y cansina.

Al llegar a casa, volví a quedarme dormida en el sofá después de comer. Caí en un sueño profundo, que fue interrumpido, otra vez, por una sintonía absurda y cansina. Esta vez era una llamada.
Eryx. Sonrisa. Contestar.

-          ¡Gadea!
-          Hola, Eryx. ¿Qué pasa?
-          Tienes una fiesta hoy – hablaba perfectamente el español, pero se notaba en sus expresiones que no era su idioma, lo que me provocaba la risa.
-          ¿Cómo? – seguía con la risa floja - ¿Qué yo tengo qué?
-          Una fiesta, en mi casa. Es a las nueve. Habrá mucha gente – no había entendido de que me reía.

Estuve a punto de negarme a asistir, pero ¿Qué había de malo en conocer gente nueva?, sobre todo si pensaba instalarme allí de manera indefinida. Me habían entrado hasta ganas de arreglarme, de bailar, de charlar, de beber, de reírme.

-          ¡ah!, perfecto. Genial, allí estaré. ¿hace falta que lleve algo? – el que se reía ahora era él
-          No, Gadea, no tienes que traer nada- y era yo la que no entendía su risa.

Me embutí en unos pantalones negros, que conjunté con una camisa beige, vaporosa, algo transparente. Apliqué todas las técnicas para maquillarme que aprendí en un curso, al que había asistido unos años antes.
Y por último me subí a unos tacones negros.

Al llegar a la fiesta, entendí porque se reía Eryx. Su casa bien podía ser un palacio, era enorme, con una fachada perfectamente blanca, adornada con una cúpula amarilla. El jardín estaba atestado de gente elegante, charlaban unos con otros, bebían de las copas que los, también, elegantes camareros ofrecían a los invitados en bandejas, se servían comida de las largas mesas repartidas por todo el jardín…

Vergüenza. Darme la vuelta y volver a casa sonaba muy bien. Pero entonces Eryx, me vio. Era tarde para escapar.

-          ¡Gadea!, estás guapísima – se quedó parado mirándome, sonriendo.

Y sólo se me ocurrió sonreír. Peinado perfectamente para atrás, sin ese flequillo revuelto, parecía mayor y más delgado. Pero estaba atractivo.

-          Ven, te presentaré a algunos amigos – me cogió de la mano, guiándome hacia un grupo que se reía exageradamente.

Dijo en Griego algo y después me presentó uno por uno a los que eran sus amigos desde siempre. En aquel grupo reconocí una cara, era Sylivie.
Llevaba un vestido muy ajustado negro, con una manga sólo. Poca gente podría llevar ese vestido de una manera tan elegante como lo hacía Sylvie.

-          Hace tiempo que no te veo por “petite doux”, ¿acaso has encontrado un pan mejor en Kamari? – hablaba seria, mientras los demás se reían. Se me atragantaron las palabras de la vergüenza.
-          No, no – dije apurada – ahora trabajo por las mañanas en Fira.

Ella le dio una calada a su cigarrillo, manchando la boquilla del intenso color rojo de sus labios.

-          No le eches cuenta, cuesta saber si habla en broma o no, pero acabas acostumbrándote – el mejor amigo de Eryx, Esteban, me sonreía al intentar darme, lo que parecía una disculpa
Sylvie dejó escapar media sonrisa. Esteban la besó en los labios, sonriéndole.

-          Voy a buscar una copa, lo necesito más que tus besos – y con elegancia innata desapareció entre la gente.
-          Esta mujer me va a llevar a la ruina – lo decía como si no le importara el desdén con el que acaba de tratarle Sylvie, como si le divirtiera su actitud.

Eryx me presentó a mucha gente, griegos, italianos, españoles, conocidos de mi hermana y mi cuñado… Hablé con todos ellos, bebí, perdí la vergüenza, bailé, reí a carcajadas y sobre todo, no eché de menos las fiestas de España.

Cuando me quise dar cuenta me encontraba apurando una copa de champán con Sylvie a las cinco de la madrugada. Nos reíamos de Eryx, Estaban y el resto de la pandilla, que bailaban como locos canciones de “The Beatles”. La gente empezaba a irse. Esteban se acercó a Sylvie:

-          “Mon amour”, ¿nos vamos? – la cogía de la cintura
-          Venga, Jhon Lennnon, va siendo hora – no perdía la ironía nunca. Me guiñó un ojo y se fueron, parándose cada dos pasos para besarse.

Eryx se apoyó a mi lado, con su flequillo revuelto y la camisa medio abierta.

-          Ha sido una gran fiesta, Eryx. Me lo he pasado genial, muchísimas gracias – no eran cumplidos.
-          Gracias a ti
-          En serio, gracias. No es fácil estar aquí sola…
-          No lo estás, ya lo ves, aquí estoy yo – sonreía. Pasó un brazo por encima de mi hombro y me besó en la mejilla – te quedan tres horas de sueño, quédate aquí y mañana te llevo a Fira.

El cansancio me podía y acepté.

Al llegar a la tienda, a la mañana siguiente, o mejor dicho unas horas después, me encontré en la puerta a la mirada intensa de ojos verdes con la que me había cruzado el día anterior.

“Que suerte”, pensé, justo el día que peor cara tengo.
-          ¿puedo ayudarle en algo? – pregunté
-          Christos Antzas – me dijo tendiéndome la mano – ¿se encuentra Idalia aquí?
-          No… - intenté decirle a qué hora llegaría pero me cortó.
-          Mejor entonces…


Le pedí al cielo que no parpadeara.

domingo, 1 de septiembre de 2013

CAPÍTULO CINCO

Eryx avanzaba por la estrecha calle adoquinada, ignorando que yo, inmóvil, lo miraba desde la puerta de “petite doux”.  Y allí me quedé, hasta que lo perdí de vista. Al fin y al cabo, ¿quién era yo para abordar a un desconocido en plena calle? Él sólo había sido educado, curioso quizás, pero nada más.

Los ahorros se iban terminando, tenía que encontrar trabajo, pero me daba pereza. Mis días habían carecido de horarios impuestos por obligaciones, me había aburrido por propia voluntad, había pasado largas horas en la terraza leyendo, había paseado y comprado lo que se me antojaba… pero el dinero, como dice mi madre, no crece en los árboles. Hay que ganárselo.

Yo había estudiado Derecho en la Universidad de Sevilla, y poco después de acabar mis estudios había encontrado trabajo en un bufete de abogados en el barrio de “Los Remedios”. Mi trabajo no me gustaba, me aburría en demasía, y no quería ejercerlo allí. Mi jefe siempre me decía que yo no servía para aquella profesión, y tenía mucha razón. La primera, y única vez, que ejercí de abogada en un juicio fue espantosa. Era un caso sencillo, que en mi despacho, sola, pude resolver sin ningún problema, me pareció fácil defender a mi cliente, estaba segura. Pero las cosas no eran tan fáciles. Yo no había contado con que el abogado contrario intentaría desmontar mi consistente defensa. Consistente era en mi despacho, claro. Porque mi defensa se volvió papel mojado frente a la verborrea de aquel abogado. Yo no sabía que decir, miraba a mi cliente implorándole perdón, me sentí mareada. Y cuando salí de aquella sala, me quité la dichosa toga negra, me monté en mi coche y lloré.

Después de todo, la sentencia dictó un veredicto favorable a mi cliente. Mi jefe me felicitó y aunque modestamente me atribuí los méritos, por conservar mi puesto y por no pecar de humilde (o de eso me auto-convencí), en el fondo sabía que aquello no había sido más que suerte. Porque quizás la juez conociera al abogado, o viera, debido a su experiencia, que yo llevaba razón. El caso es que, después de ese mal trago fui cogiéndole manía a mi trabajo.

Pero aquí podía empezar de cero, podía y quería.

No sabía por dónde empezar a buscar, así que compré un periódico. Debido a las prisas y a la emoción por encontrar un trabajo que me gustara, no me di cuenta que el periódico local, como no podía ser de otra manera, estaba en griego. Y yo, Gadea Andrade Alonso, no tenía ni idea de griego. Pero ya era tarde, había comprado el periódico y había pedido un té, para amenizar la búsqueda (fallida) de trabajo, en una encantadora cafetería del puerto. Así que cerré el periódico y me dispuse a disfrutar de mi té.
Ahora sí que iba a ser difícil, siempre me lo había encontrado todo hecho, siempre había pedido ayuda para todo, nunca había estado sola tanto tiempo. Mi cuñado era una persona influyente, que seguro podía echarme una mano en mi búsqueda, pero yo quería cambiar de manera radical, no me gustaba lo difícil, a nadie le gusta lo difícil, pero tenía que aprender.

En ese mismo momento me di cuenta de que la independencia no era irme de casa de mis padres para vivir con mi pareja. Eso había sido una especie de transmisión del portador de mi dependencia, había pasado de ser dependiente de mis padre a ser dependiente de Nacho, él ñsiempre sabía qué hacer en cualquier situación. La independencia es mucho más sencilla de sentir y de explicar, es simplemente no depender de nadie excepto de ti mismo.

Una carcajada dos mesas más atrás hizo que abandonara mis pensamientos. Me volví a mirar, a envidiar aquella risa. Estaba de espaldas a mí, pero ya lo había visto de espaldas hacía algunas horas. Eryx estaba de pie, junto a una mesa, saludando a una pareja algo mayor que él. Sonreía con esa facilidad aparente mientras se sacudía su flequillo castaño. No dejé de mirarlo, por algún motivo me divertía. En ese momento se giró, aún con la sonrisa en la cara, y me vio. Dirigí mi mirada hacia el ilegible periódico local lo más rápido que pude, deseando que no me hubiera descubierto mirándolo.

-         -  ¡Hola! – Era Eryx con la mirada baja y sin parar de sonreír el que me saludaba.
-       -    ¡Eryx! – sonó bastante más efusivo de lo que pretendí - ¿Qué tal?
-        -   Bien, ¿y tú, que tal te adaptas?
-         -  Bueno, a la vida contemplativa de Santorini estoy más que adaptada, ahora tengo que buscar y encontrar trabajo, pero no he empezado bien – señalé el periódico.

Eryx me miraba fijamente con una media sonrisa. Me intrigaba lo que quisiera que estuviera pensando. Lo miré fijamente, también, hasta que me dio la risa floja.

-         -  ¿Qué pasa? – mi risa, propia de la intriga, no cesaba.
-        -   ¿Qué sabes hacer?
Me entraron ganas de decirle que sabía coser muy bien, y que desde los catorce años cocinaba, pero no hubiera entendido mi ironía.

-          - Estudié derecho, pero no quiero ejercer, y menos aquí.
-        -   Entiendo – se quedó pensativo unos segundos – pues vamos a traducir ese periódico.

Eryx se sentó conmigo, pidió dos refrescos y sin perder un segundo me tradujo cada uno de los anuncios que podían interesarme.

En la mayoría de aquello anuncios pedían una cualificación que yo no tenía, además del idioma nacional, que aunque aprendía a manejarlo no lo hablaba con soltura.

Así que descartamos aquellas  opciones. Finalmente, y aunque la idea no me entusiasmaba, me decanté por presentar mi curriculum en una tienda de antigüedades que se encontraba en Fira, capital y centro neurológico de Santorini.

Fira, Thira en griego, se encontraba a unos ocho kilómetros de Kamari, el pueblecito costero  donde yo residía.

Eryx se había ofrecido para llevarme a Fira a la mañana siguiente:
-        -   No hace falta, Eryx, enserio. ¡Hay un autobús que me lleva hasta allí!
Eryx se levantó de la mesa
-        -   A las diez en punto de la mañana en tu casa – me guiñó un ojo y se fue. No me dio tiempo a discutirle nada más.

Fira era una ciudad de iglesias con cúpulas azules, de casas que parecían amontonarse unas sobre las otras, de un centro abarrotado de bares, tiendas y locales llenos de encanto, de un sol que matizaba el blanco de aquellas casas, de un sol cómplice de la gente. El corazón de Santorini latía en Fira.

No quise que Eryx me acompañara a la tienda, quería hacerlo sóla. En parte por vergüenza, en parte por aquella absurda obsesión de la independencia que había marcado mis pasos hasta entonces.

“Nuevos recuerdos”, se situaba en la esquina  de una calle estrecha y poco transitada, por lo menos a esa hora. Sus escaparates dejaban ver montones de objetos apilados con encanto: mesas, relojes, cojines, cuadros, joyas y otro montón de cosas aparentemente inservibles.

No vacilé al entrar, las primeras impresiones, del que podía ser mi nuevo trabajo, eran buenas. Dentro me recibió una mujer alta, de facciones delgadas, muy elegante.

-         -  Hola… - sonreí, maldije mis nervios.
-         -  Buenos días – en griego, una de las pocas expresiones que entendía de aquel idioma.
-          - Leí su anuncio en el periódico, necesitaban una dependienta – había seguido hablando en inglés – he venido a traer mi curriculum
-         -  Bien – su expresión era fría. Casi ni me miró – déjelo aquí – dijo señalándome la esquina del mostrador.

Estaba visto que las cosas no habían salido bien. Pero cuando me disponía a salir de la tienda, desilusionada, un objeto me llamó la atención; un rectángulo de tela con el escudo de mi apellido bordado.
Al ver mi curiosidad por aquel objeto, la señora estirada me preguntó.

-        -   Es el escudo de mi apellido, Andrade – contesté, me ha impactado verlo aquí.

Me encontré con Eryx en la plaza dónde lo había visto antes de dirigirme a la tienda.

-         -  ¿Qué tal?, ¿Qué ha pasado? – parecía tener ganas de saber de verdad cómo me había ido.
-          - Bien, Eryx, muy bien – sonreí plenamente, no mentía – me han dado el trabajo
-        -   ¿Ya?, ¿Así de fácil? -  otra vez esa sonrisa

-          - No, fácil no ha sido. Suerte más bien. Vamos a por un café que te lo cuento todo.