Alina ya no estaba en casa, pero me había dejada la cena
hecha. Aunque no tenía hambre me senté en el sofá a comer mientras ojeaba una
revista que había comprado en el aeropuerto. Me hubiera gustado cenar en la
terraza pero hacía demasiado frío.
A pesar del cansancio, ya metida en la cama, no podía
dormir. Pensé en mi nuevo amigo, Eryx. Él me había hablado de su familia, de él
y yo sólo me había estado quejando de las cosas que tenía que hacer; que tenía
que conseguir trabajo, que necesitaba un móvil, que no entendía el griego… ¡No
le había dicho mi nombre! Repasé la conversación con Eryx en mi cabeza, había
tenido la oportunidad de hacer amigos y lo que había hecho era espantarlo.
Estaba inquieta y por alguna razón nerviosa. Entrada la madrugada conseguí
quedarme dormida.
Me desperté desorientada, me costó recordar donde estaba, no
sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero mucho seguro, me notaba los
ojos hinchados. Miré la hora, las doce y media. Había dormido once horas
seguidas y aún tenía que hacer mil cosas. Me senté en la cama y me estiré hasta
que me dolieron los huesos, siempre me ha parecido uno de los placeres de la
vida. Cogí el móvil, un mensaje:
“Cómo estás? Nacho.”
No contesté. Estaba indignada, no se había acordado de mí en
tres meses para nada, y ahora justo cuando acabo de llegar a Santorini se
preocupaba por mí. Estaba segura de que Nacho se había enterado que me había
ido, Sevilla es muy chica y ya se sabe cuando se tienes amigos en común. No
pensaba contestarle, aunque quisiera, que quería. Había ido hasta Santorini
escapando de la rutina, y mi rutina los últimos tres meses se había basado en
recordar a Nacho, así que la opción de echar de menos a Nacho no estaba
incluida en mi lista de quehaceres.
Me levanté de la cama. Tenía que llamar a mi madre y a mi
hermana para decirles que estaba bien, después me daría una ducha.
Con el pelo húmedo aún, me dirigí a la cocina para comer
algo. Alina estaba haciendo de comer, olía de maravilla.
- - ¡Buenos días señorita!, le estoy cocinando
“tortilla patatas”, la señora dijo que tu gustaba mucho, ella me enseñó a
cocinarla.
- - Muchas gracias Alina, la verdad es que me muero
de hambre. Y llámeme Gadea, por favor. – creo no hubiera podido soportar que me
llamara señorita Andrade mucho más tiempo, lo decía con un acento que sonaba
rudo pero cantarín, como una canción de Sabina.
Disfruté de mi primera tortilla de patatas griega, que no
estaba nada mal. Y salí a la calle a cumplir mi lista de quehaceres.
Llevaba diez días en aquella isla, y cada día que pasaba me
gustaba más estar allí. Le había pedido a Alina que dejara de comprar el pan,
prefería hacerlo yo. En unos de mis paseos, para intentar hacerme con el lugar,
había descubierto una panadería, propiedad de una francesa. Sólo pasar por
delante de aquel lugar te daba hambre, el olor que de allí provenía llenaba
toda la calle. Mirar el escaparate te invitaba a entrar, y si aceptabas la
invitación era imposible resistirse a comprar algo.
He de reconocer que antes de entrar por primera vez en “petite
doux”, me imaginaba a una señora bajita, de mediana edad, rechoncha y de mejillas
regentando aquel local. Pero Sylvie era todo lo contrario. Una melena negra
recogida en un desenfadado moño, unos ojos verdes claros adornados por unas
enormes pestañas y unos labios generosos pintados de color cereza te saludaban
desde detrás del mostrador. Sylvie impresionaba, sobre todo a los que, como yo,
se esperaban a una señora bañada por canas y con la espalda destrozada de
trabajar. Sus infinitas piernas se perdían debajo de un ajustado vestido negro.
Me pareció una mujer segura de su belleza, una mujer seria, una mujer difícil
de intimidar.
Iba todos los días a la misma hora a comprar el pan, no sé
muy bien porqué, había huido de una rutina que no quería, para crear otra rutina.
Y es que supongo que todos, al fin y al cabo, nos sentimos seguros en nuestra
rutina, y cuando queremos cambiar y vivir de forma diferente, vivir locamente…
cometemos la locura de inventar una nueva rutina.
Sylvie sólo se había dirigido a mí para lo preciso, pero esa
mañana amplió nuestra escueta conversación de todas las mañanas:
- - Mon amour, con todos los tipos de pan que hago diariamente
y tú siempre compras lo mismo. Sorpréndete.
- - ¿Qué me recomiendas?
- - Pero por favor, ¿qué clase de sorpresa te
estarías dando si te aconsejo?
Me reí. No sé que me hacía más gracia, su acento, lo había
dicho en sí o que había mantenido una expresión completamente seria mientras
hablaba.
En ese momento vi pasar a Eryx por delante de la puerta de
la panadería. Miré a Sylvie, ella me guiñó un ojo. Salí a la calle y lo vi caminando
calle abajo.
Sorpréndete, murmuré.