Después de las fantásticas críticas que recibí con "Carta a un marciano", me animé a escribir este blog, y compartir, con quien quiera seguirlo, esta nueva historia: "Tú y yo no siempre es nosotros".
Espero que os guste.

domingo, 9 de junio de 2013

Capítulo cuatro

Alina ya no estaba en casa, pero me había dejada la cena hecha. Aunque no tenía hambre me senté en el sofá a comer mientras ojeaba una revista que había comprado en el aeropuerto. Me hubiera gustado cenar en la terraza pero hacía demasiado frío.

A pesar del cansancio, ya metida en la cama, no podía dormir. Pensé en mi nuevo amigo, Eryx. Él me había hablado de su familia, de él y yo sólo me había estado quejando de las cosas que tenía que hacer; que tenía que conseguir trabajo, que necesitaba un móvil, que no entendía el griego… ¡No le había dicho mi nombre! Repasé la conversación con Eryx en mi cabeza, había tenido la oportunidad de hacer amigos y lo que había hecho era espantarlo. Estaba inquieta y por alguna razón nerviosa. Entrada la madrugada conseguí quedarme dormida.

Me desperté desorientada, me costó recordar donde estaba, no sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, pero mucho seguro, me notaba los ojos hinchados. Miré la hora, las doce y media. Había dormido once horas seguidas y aún tenía que hacer mil cosas. Me senté en la cama y me estiré hasta que me dolieron los huesos, siempre me ha parecido uno de los placeres de la vida. Cogí el móvil, un mensaje:

“Cómo estás? Nacho.”

No contesté. Estaba indignada, no se había acordado de mí en tres meses para nada, y ahora justo cuando acabo de llegar a Santorini se preocupaba por mí. Estaba segura de que Nacho se había enterado que me había ido, Sevilla es muy chica y ya se sabe cuando se tienes amigos en común. No pensaba contestarle, aunque quisiera, que quería. Había ido hasta Santorini escapando de la rutina, y mi rutina los últimos tres meses se había basado en recordar a Nacho, así que la opción de echar de menos a Nacho no estaba incluida en mi lista de quehaceres. 

Me levanté de la cama. Tenía que llamar a mi madre y a mi hermana para decirles que estaba bien, después me daría una ducha.

Con el pelo húmedo aún, me dirigí a la cocina para comer algo. Alina estaba haciendo de comer, olía de maravilla.

-         -  ¡Buenos días señorita!, le estoy cocinando “tortilla patatas”, la señora dijo que tu gustaba mucho, ella me enseñó a cocinarla.
-         -  Muchas gracias Alina, la verdad es que me muero de hambre. Y llámeme Gadea, por favor. – creo no hubiera podido soportar que me llamara señorita Andrade mucho más tiempo, lo decía con un acento que sonaba rudo pero cantarín, como una canción de Sabina.


Disfruté de mi primera tortilla de patatas griega, que no estaba nada mal. Y salí a la calle a cumplir mi lista de quehaceres.

Llevaba diez días en aquella isla, y cada día que pasaba me gustaba más estar allí. Le había pedido a Alina que dejara de comprar el pan, prefería hacerlo yo. En unos de mis paseos, para intentar hacerme con el lugar, había descubierto una panadería, propiedad de una francesa. Sólo pasar por delante de aquel lugar te daba hambre, el olor que de allí provenía llenaba toda la calle. Mirar el escaparate te invitaba a entrar, y si aceptabas la invitación era imposible resistirse a comprar algo.

He de reconocer que antes de entrar por primera vez en “petite doux”, me imaginaba a una señora bajita, de mediana edad, rechoncha y de mejillas regentando aquel local. Pero Sylvie era todo lo contrario. Una melena negra recogida en un desenfadado moño, unos ojos verdes claros adornados por unas enormes pestañas y unos labios generosos pintados de color cereza te saludaban desde detrás del mostrador. Sylvie impresionaba, sobre todo a los que, como yo, se esperaban a una señora bañada por canas y con la espalda destrozada de trabajar. Sus infinitas piernas se perdían debajo de un ajustado vestido negro. Me pareció una mujer segura de su belleza, una mujer seria, una mujer difícil de intimidar.

Iba todos los días a la misma hora a comprar el pan, no sé muy bien porqué, había huido de una rutina que no quería, para crear otra rutina. Y es que supongo que todos, al fin y al cabo, nos sentimos seguros en nuestra rutina, y cuando queremos cambiar y vivir de forma diferente, vivir locamente… cometemos la locura de inventar una nueva rutina.

Sylvie sólo se había dirigido a mí para lo preciso, pero esa mañana amplió nuestra escueta conversación de todas las mañanas:

-         -  Mon amour, con todos los tipos de pan que hago diariamente y tú siempre compras lo mismo. Sorpréndete.
-          - ¿Qué me recomiendas?
-          - Pero por favor, ¿qué clase de sorpresa te estarías dando si te aconsejo?

Me reí. No sé que me hacía más gracia, su acento, lo había dicho en sí o que había mantenido una expresión completamente seria mientras hablaba.
En ese momento vi pasar a Eryx por delante de la puerta de la panadería. Miré a Sylvie, ella me guiñó un ojo. Salí a la calle y lo vi caminando calle abajo.

Sorpréndete, murmuré. 

CAPÍTULO 3

Solté la maleta en el recibidor y respiré hondo.

Pasando el recibidor había un salón rectangular que se dividía en dos debido a la disposición del mobiliario. En una parte la sala de estar, dividiendo el salón en dos, una mesa con fotos y algunos trofeos de ajedrez que sin duda habría ganado Luca y en la otra parte del salón el comedor presidio por una enorme mesa de cristal.

Dos habitaciones, la principal y la del pequeño Lorenzo, y un baño se encontraban a la derecha a lo largo de un pasillo. A la izquierda la cocina, y justo en frente, el mejor lugar de toda la casa, la terraza.  Salir a la terraza era un verdadero placer, daba la sensación de estar suspendida en el aire, con el mar a tus pies, un mar de un color azul intenso salpicado de destellos celestes. Allí en aquella idílica terraza, podía haberme imaginado en cualquier otra parte del mundo, pero Santorini me gustaba, Santorini era donde quería estar.
Alina, la asistenta, acababa de llegar. Era una mujer bajita y ancha, con la piel curtida por el sol, era una de esas mujeres con edad indefinida. Podría rondar los cincuenta años si la mirabas a la cara, pero si mirabas sus arrugadas y pecosas manos podría tener perfectamente sesenta años. Alina cuidaba la casa de mi hermana durante todo el año, regaba las plantas, limpiaba, cogía recados… y durante el verano cuidaba también de Luca, Martina y Lorenzo.

-        -  ¡Señorita Andrade!, que alegre conocerla – Alina hablaba casi gritando. Su español era forzado, sólo lo hablaba de verano en verano, pero cualquier persona que no fuera español y la escuchara hablar este idioma hubiera pensado que lo hacía con soltura, debido a sus naturales gestos al hablar. -  su hermana habló de usted mucho. ¿Cómo está?

-        -  Encantada de conocerla, Alina. Estoy bien, gracias. Quizás ahora salga a tomar un rato el aire, ¿me recomienda algún lugar?

Las indicaciones de Alina me llevaron, después de largas cuestas hacia abajo, a una playa. Hacía aire y la playa estaba desierta, así que decidí no bajar las escaleras que te invitaban a tocar la arena, me apoyé en una barandilla y me quedé embobada. El agua de la orilla era de un azul tan intenso como el que se veía desde mi terraza, la arena, debido al origen volcánico de Santorini, era oscura y le daba a la playa un sereno color rojizo. No sé cuánto tiempo pasé mirando aquel paisaje, diez minutos, veinte… quizás más. Y podría haber seguido así mucho más tiempo, pero de repente alguien se apoyó en la barandilla a pocos centímetros de mí.

-        -  ¿Nueva en Santorini? – al ver mi cara de sorpresa decidió seguir hablando él – perdona mi indiscreción, soy Eryx, Eryx Tavalas.

Si tuve dudas sobre si contestar o no, se esfumaron cuando vi su sonrisa. Tenía una sonrisa amplia y agradable, una sonrisa de persona tímida, de esas que crean curiosidad, de esas que inspiran confianza. Le devolví la sonrisa.

-       -   He llegado hoy – no supe que decir a continuación.

       - Española, ¿de qué parte? – agradecí que el siguiera la conversación.

-          - De Sevilla, Andalucía, al sur. – lo dije rápido, casi sin pararme a respirar. Él volvió a sonreír.

-          - Lo sé, estuve estudiando en Salamanca dos años – no sé cómo no me había dado cuenta antes, su español era perfecto, a pesar del acento griego.

Eryx era alto y delgado, tenía unos ojos enormes de un color marrón claro que parecían amarillos si el sol incidía sobre ellos. Una nariz fina, levemente abultada adornaba una cara de rasgos grandes y marcados. Llevaba el flequillo más largo que el resto del pelo y debajo de la camisa de cuadros le asomaba una cadena plateada. No sé bien por qué el detalle de la cadena me gustó, me invadió la curiosidad de saber que llevaba colgado, además, la cadena le quedaba bien.

-         -  Y, ¿Qué te ha traído hasta aquí?

-         - La vida, supongo. Mi hermana tiene una casita aquí, un poco más arriba, pero ella sólo viene a pasar los meses de Julio.

-        -  ¿Y le merece la pena venir desde España para pasar un mes? Allá tenéis playas fabulosas. – usaba expresiones que me hacían gracia. Hablaba lento, sin dejar de sonreír.

Solté una carcajada. Me divertía su curiosidad, era directo, quizás porque hablaba un idioma que no era el suyo, y lo de las indirectas y las expresiones para enlazar frases no lo dominaba.

-          - Mi hermana vive en Roma, está casada con un cirujano de allí.

-         -  ¿Luca Vaccani? – era el nombre de mi cuñado, mi curiosidad estaba hiperactiva.
-          ¡Sí! – lo dije casi chillando, no sé que me hizo más ilusión, si el simple hecho de que conociera a Luca o qué tenía algo de qué hablar con aquel extraño - ¿de qué lo conoces?
Esta vez la carcajada la soltó él.

-         - El doctor Vaccani operó a mi padre hace algunos años del corazón, la operación era difícil pero el doctor Vaccani es un gran profesional. Mi padre siempre le estará agradecido.

El sol se estaba poniendo y empezaba a hacer frío. Me subí la cremallera del chaquetón hasta arriba y metí las manos en los bolsillos.

-          - Te acompaño a casa, estoy seguro que no sabes cómo volver.

No se equivocaba, de noche cualquier lugar es distinto, los sitios cambian cuando el sol se pone. Y mi orientación, pésima, no ayudaba en absoluto.


De camino a casa, mientras subíamos cuestas, me contó que su familia poseía numerosas joyerías repartidas por toda Grecia. Su bisabuelo se dedicaba a la compra y venta de joyas, un hombre ambicioso que con pocos recursos creó un negocio familiar que iba “sobre ruedas”, según me contó Eryx. Ellos pasaban en Santorini todos los veranos, que él recordara, pero a raíz de la salud de su padre se habían trasladado allí a vivir. Se notaba que estaba orgulloso de su familia. De él habló poco, me contó que había estudiado en Roma ciencias políticas y que después en Salamanca había completado sus estudios, “amplió conocimientos”. Me divertía escucharlo, la cancioncilla de su acento hacía que me sintiera a gusto, hacía que sonriera de manera sincera, hacía que sonriera como no lo había hecho en meses.